Juan Pablo II: La alegría del perdón de Dios implica la conciencia del pecado

Medita en el Salmo 31, cántico de acción de gracias de un pecador perdonado

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 19 mayo 2004 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Juan Pablo II en la audiencia general de este miércoles dedicada a comentar el Salmo 31, acción de gracias de un pecador perdonado.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito.

Mientras callé se consumían mis huesos,
rugiendo todo el día,
porque día y noche tu mano
pesaba sobre mí;
mi savia se había vuelto un fruto seco.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.

Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir,
fijaré en ti mis ojos.
No seáis irracionales como caballos y mulos,
cuyo brío hay que domar con freno y brida;
si no, no puedes acercarte.

Los malvados sufren muchas penas;
al que confía en el Señor,
la misericordia lo rodea.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero.

1. « Dichoso el que está absuelto de su culpa». Esta bienaventuranza, con la que comienza el Salmo 31 que se acaba de proclamar, nos permite comprender inmediatamente el motivo por el que ha sido introducido por la tradición cristiana en la serie de los siete salmos penitenciales. Tras la doble bienaventuranza del inicio (Cf. versículos 1-2), no nos encontramos ante una reflexión genérica sobre el pecado y el perdón, sino ante el testimonio personal de un convertido.

La composición del Salmo es más bien compleja: tras el testimonio personal (Cf. versículos 3-5), se presentan dos versículos que hablan de peligro, de oración y de salvación (Cf. versículos 6-7), después viene una promesa divina de consejo (Cf. versículo 8) y una advertencia (Cf. versículo 9). Por último, se enuncia un dicho sapiencial antitético (Cf. versículo 10) y una invitación a alegrarse en el Señor (Cf. versículo 11).

2. En esta ocasión, retomaremos sólo algunos elementos de esta composición. Ante todo, el que ora describe la penosa situación de conciencia en que se encontraba cuando callaba (Cf. versículo 3): habiendo cometido graves culpas, no tenía el valor de confesar a Dios sus pecados. Era un tormento interior terrible, descrito con imágenes impresionantes. Se le consumían los huesos bajo la fiebre desecante, el calor asfixiante atenazaba su vigor disolviéndolo, su gemido era constante. El pecador sentía sobre él el peso de la mano de Dios, consciente de que Dios no es indiferente ante el mal perpetrado por la criatura, pues él es el guardián de la justicia y de la verdad.

3. Al no poder resistir más, el pecador decide confesar su culpa con una declaración valiente, que parece una anticipación de la del hijo pródigo en la parábola de Jesús (Cf. Lucas 15, 18). Dice con corazón sincero: «confesaré al Señor mi culpa». Son pocas palabras, pero nacen de la conciencia; Dios responde inmediatamente con un perdón generoso (Cf. Salmo 31, 5).

El profeta Jeremías dirigía este llamamiento de Dios: «Vuelve, Israel apóstata, dice el Señor; no estará airado mi semblante contra vosotros, porque piadoso soy, no guardo rencor para siempre. Tan sólo reconoce tu culpa, pues contra el Señor tu Dios te rebelaste» (3,12-13).

Se abre de este modo ante «todo fiel» arrepentido y perdonado un horizonte de seguridad, de confianza, de paz, a pesar de las pruebas de la vida (Cf. Salmo 31, 6-7). Puede llegar todavía el momento de la angustia, pero el oleaje del miedo no prevalecerá, pues el Señor conducirá a su fiel hasta un lugar seguro: « Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación» (versículo 7).

4. En este momento, el Señor toma la palabra para prometer que guiará al pecador convertido. No es suficiente con purificarse; es necesario caminar por el camino recto. Por eso, al igual que en el libro de Isaías, (Cf. 30, 21), el Señor promete: «Te enseñaré el camino que has de seguir» (Salmo 31, 8) y hace una invitación a la docilidad. El llamamiento se hace apremiante y algo irónico con la llamativa comparación del mulo y del caballo, símbolos de la obstinación (Cf. versículo 9). La verdadera sabiduría, de hecho, lleva a la conversión, dejando a las espaldas el vicio y su oscuro poder de atracción. Pero sobre todo, lleva a gozar de esa paz que surge de ser liberados y perdonados.

San Pablo, en la Carta a los Romanos, se refiere explícitamente al inicio de nuestro Salmo para celebrar la gracia liberadora de Cristo (Cf. Romanos 4, 6-8). Nosotros podríamos aplicarlo al sacramento de la Reconciliación. En él, a la luz del Salmo, se experimenta la conciencia del pecado, con frecuencia ofuscada en nuestros días, y al mismo tiempo la alegría del perdón. Al binomio «delito-castigo», le sustituye el binomio «delito-perdón», pues el Señor es un Dios «que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado» (Éxodo 34, 7).

5. San Cirilo de Jerusalén (siglo IV) utilizará el Salmo 31 para mostrar a los catecúmenos la profunda renovación del Bautismo, purificación radical de todo pecado («Procatequesis» n. 15). También él exaltará con las palabras del salmista la misericordia divina. Concluimos nuestra catequesis con sus palabras: «Dios es misericordioso y no escatima su perdón… El cúmulo de tus pecados no será más grande que la misericordia de Dios, la gravedad de tus heridas no superará las capacidades del sumo Médico, con tal de que te abandones en él con confianza. Manifiesta al médico tu enfermedad, y dirígele las palabras que pronunció David: «Confesaré mi culpa al Señor,
tengo siempre presente mi pecado». De este modo, lograrás que se haga realidad: «Has perdonado la maldad de mi corazón»» («Las catequesis» –«Le catechesi», Roma 1993, pp. 52-53).

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, un colaborador del Santo Padre leyó esta síntesis de su catequesis].

Queridos hermanos y hermanas:
En el Salmo proclamado hoy encontramos el testimonio personal de un convertido. Habiendo cometido culpas graves, no tenía valor para confesar sus pecados. Su situación era penosa. Sentía el peso de la mano de Dios, consciente de que Dios, guardián de la justicia y la verdad, no es indiferente al mal. Por ello, decide confesar su culpa. Sus palabras parecen anticipar las del hijo pródigo de la parábola de Jesús. Dios responde con el perdón. Para los arrepentidos y perdonados, a pesar de las pruebas de la vida, se abre un horizonte de confianza y de paz.

Podemos aplicar este Salmo al sacramento de la Reconciliación. En él se debería experimentar la conciencia del pecado, a menudo ofuscada, y al mismo tiempo, la alegría que brota del ser liberado y perdonado.

[A continuación, el Papa dirigió este saludo en castellano].
Saludo cordialmente a los peregrinos de España y de América Latina, especialmente al grupo de seminaristas del Seminario Menor de la Asunción, de Santiago de Compostela. Invito a todos a abandonarse con fe en Dios y en su misericordia.

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ZENIT Staff

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