CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 4 octubre 2007 (ZENIT.org).- La Iglesia y el Estado son independientes, pero colaboran para servir, cada uno desde su identidad, a la persona y a la sociedad, explicó Benedicto XVI este jueves al nuevo embajador de Italia ante la Santa Sede.

«La Iglesia no pretende ser un agente político», aclaró en el discurso que le entregó a Antonio Zanardi Landi (Udine, 1950), diplomático de carrera, antiguo embajador en Belgrado (2004-2006) y vicesecretario general del ministerio de Asuntos Exteriores (2006-2007).

El Papa aprovechó el encuentro, en la fiesta de san Francisco de Asís, patrono de Italia, para profundizar en la visión del Magisterio sobre las relaciones Iglesia-Estado.

En particular, recordó el principio enunciado por el Concilio Vaticano II, según el cual, «la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre» (Gaudium et Spes, 76).

Al perseguir este objetivo, explicó, «la Iglesia no se plantea objetivos de poder, ni pretende privilegios o aspira a posiciones de ventaja económicas y sociales».

«Su único objetivo es el de servir al hombre, inspirándose, como norma suprema de conducta, en las palabras y en el ejemplo de Jesucristo, quien “pasó haciendo el bien a todos”» (Hechos de los Apóstoles 10, 38)».

Por este motivo, el obispo de Roma pidió que la Iglesia católica «sea considerada según su naturaleza específica y que pueda desarrollar libremente su misión peculiar por el bien no sólo de los propios fieles», sino de todos los ciudadanos.

«La Iglesia no es y no quiere ser un agente político. Al mismo tiempo tiene un profundo interés por el bien de la comunidad política, cuya alma es la justicia, y le ofrece en dos niveles su contribución específica», afirmó el primado de Italia, repitiendo palabras que pronunció ante la Asamblea eclesial nacional italiana de Verona (19 de octubre de 2006).

«La fe cristiana purifica la razón y le ayuda a ser lo que debe ser --siguió recordando--. Por consiguiente, con su doctrina social, argumentada a partir de lo que está de acuerdo con la naturaleza de todo ser humano, la Iglesia contribuye a hacer que se pueda reconocer eficazmente, y luego también realizar, lo que es justo»..

«Con este fin resultan claramente indispensables las energías morales y espirituales que permitan anteponer las exigencias de la justicia a los intereses personales, de una clase social o incluso de un Estado. Aquí de nuevo la Iglesia tiene un espacio muy amplio para arraigar estas energías en las conciencias, alimentarlas y fortalecerlas», añadió.