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Brasil: Asesinado un misionero que luchaba contra la corrupción

El padre Nazareno Lanciotti, 61 años, había fundado un hospital y una escuela

RIO DE JANEIRO, 28 feb 2001 (ZENIT.org).- «Un mártir de nuestros días». Con estas palabras resume el obispo de São Luis De Caceres, en el estado brasileño de Mato Grosso, la vida y la muerte de Nazareno Lanciotti, un valiente sacerdote que murió el pasado 21 de febrero después de una larga estancia en el hospital Sirio Libanes de São Paulo.

El padre Lanciotti había nacido hace 61 años en Subiaco (Italia) y desde 1973 vivía en Brasil, en la remota diócesis de Jaurù, donde había fundado el hospital Nuestra Señora del Pilar y la escuela Zemechi, para los niños más pobres.

«La tarde del 11 de febrero –explica hoy al diario de los católicos italianos «Avvenire» un sacerdote amigo suyo,
el padre José da Silva, párroco en la cercana diócesis de Nuestra Señora del «Livramento»– dos hombres encapuchados inrrumpieron en la casa de Nazareno mientras estaba cenando con algunos amigos y colaboradores. Le apuntaron a la cabeza con un revólver y empezaron a jugar a la ruleta rusa. Mientras uno de los dos encapuchados intimaba a los invitados para que mantuvieran la cabeza sobre la mesa, el otro empezó a presionar el gatillo. A la tercera, el proyectil le perforó la nuca».

Los diez mil habitantes de Jaurù están todavía aterrorizados. Otro italiano, Giancarlo Della Chiesa, dos años voluntario en el ámbito de la operación Mato Grosso, hoy comerciante en una ciudad cercana, presenció la escena porque era uno de los invitados y la ha relatado a «Avvenire»: «Uno de los dos encapuchados pidió al padre que abriera una vieja caja fuerte creyendo que estaría llena de dinero. En realidad, la caja fuerte estaba cerrada desde hacía veinte años y el padre Nazareno había perdido la combinación».

Por su parte, el padre José da Silva, que decidió su vocación sacerdotal tras conocer al padre asesinado, indicó que «el móvil no fue el robo como han querido hacer creer sino una venganza por la victoria del candidato católico, Divino Marciano, a la alcaldía de la ciudad».

Jaurú está casi en la frontera con Bolivia. Es tierra de narcotraficantes, latifundistas y masonería. «El padre Nazareno no había sugerido nunca a los fieles que votaran de una u otra manera –asegura el párroco de Nuestra Señora del «Livramento»–, pero alguien le atribuyó la responsabilidad de la derrota del alcalde conectado con la masonería, José Gonsalve Filho, conocido como Zinho, que se presentaba a la reelección».

A diferencia de Marciano, Zinho habría consentido la apertura de prostíbulos y era, según muchos, punto de referencia de turbios poderes locales conectados con la masonería.

Según el padre José da Silva, el mismo Nazareno, en el hospital habría confesado al padre Gobbi, responsable internacional del Movimiento Mariano, que los mandantes del asesinato eran probablemente los mismos «poderosos» interesados en las promesas hechas por el alcalde masón.

«El padre Nazareno era un héroe –concluye el padre da Silva– y el pueblo lo adoraba. Si los habitantes de Jaurù encontraran a sus asesinos pienso que correrían el peligro de ser linchados. Lamentablemente la justicia entre nosotros a veces se realiza de modo bárbaro».

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