El papel de la virtud en el mundo actual de los negocios

Construir un capital moral

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NUEVA YORK, 3 de julio de 2004 (ZENIT.org).- Con escándalos éticos todavía frescos en muchos países, dos libros recientes examinan el papel que puede desempeñar la moralidad para evitar estos problemas.

De hecho, lo que el mundo de los negocios debería hacer, considera Alejo José G. Sison, profesor de ética de los negocios en la Universidad de Navarra, España, es dar una mayor prioridad a los factores morales.

En su libro del 2003, «The Moral Capital of Leaders: Why Virtue Matters» (El Capital Moral de los Líderes: Por qué Importa la Virtud), Sison observa que en los escándalos de Enron, por ejemplo, «ningún capital humano, intelectual o social podría compensar la falta de capital moral entre los trabajadores para el éxito a largo plazo de la empresa».

Sison define el capital moral «como la excelencia de carácter, o la posesión y práctica de una serie de virtudes propias del ser humano dentro de un contexto sociocultural particular». O, en una palabra –integridad. A diferencia de otras habilidades que una persona puede desarrollar y que perfeccionan con una capacidad particular, el capital moral perfecciona al ser humano como persona en su totalidad. «El capital moral es lo que hace a una persona buena como ser humano», escribe Sison.

En cuanto a en qué consiste el capital moral, Sison se basa en Aristóteles y, en particular, en el desarrollo de la virtud que presenta la Ética a Nicómaco. Es común hoy día hablar sobre valores, observa, pero el capital moral es más que un compromiso superficial por los valores. «Más bien, como excelencia de carácter, el capital moral depende primariamente del cultivo de los hábitos y virtudes correctas».

En la práctica, este capital moral se construye por medio de nuestras acciones, que se convierten así en hábitos permanentes. Los hábitos, a su vez, configuran nuestro carácter y nuestra vida. En términos de negocios, las buenas acciones nos dan unos ingresos similares a lo que ganamos con un interés simple al depositar nuestro dinero en un banco. Los hábitos tienen unas ganancias similares al interés compuesto, por el que recibimos ingresos no sólo por la suma depositada, sino también por las cantidades acumulados de intereses recibidas en el pasado.

Sison explica que la virtud puede beneficiar a una empresa por medio de la influencia positiva que los trabajadores virtuosos ejercen sobre la cultura corporativa. Los trabajadores virtuosos no sólo reducen las responsabilidades legales y financieras que dimanan de una mala gestión corporativa. También tienden a trabajar mejor, aportando así más a la compañía.

De hecho, al examinar la producción económica, necesitamos prestar más atención al factor humano, indica Sison. «Sin el trabajo de las personas, ni la tecnología más puntera ni cantidad alguna de riqueza o propiedad producirían nunca una mejora significativa del bienestar humano».

El libro concluye con algunas ideas sobre cómo pueden promover las empresas la formación de capital moral entre sus trabajadores.

— Fomentar las acciones correctas practicando la virtud de la justicia, entendida como observancia de la ley.

— Invertir en hábitos personales apropiados y en procedimientos corporativos practicando la virtud de la moderación al controlar el deseo de gratificación inmediata.

— Fomentar un carácter honrado y una cultura corporativa practicando la virtud del coraje. Ésta sostiene los proyectos valiosos a largo plazo a pesar de las dificultades.

— Cultivar un estilo de vida apropiado y una historia corporativa practicando la virtud de la prudencia, que predispone a uno a hacer lo que es bueno aquí y ahora, sin perder de vista la meta final.

¿Compatible con el cristianismo?
La moralidad y el mundo de los negocios han sido examinados también en «Is the Market Moral?» (¿Es Moral el Mercado?). Este libro, publicado en el 2004, abarca una serie de diálogos entre Rebecca Blank, profesora de economía en la Universidad de Michigan y miembro del Consejo de Asesores Económicos durante la primera administración Bush y también bajo el presidente Bill Clinton, y William McGurn, jefe de redacción del Wall Street Journal.

Blank viene de un ambiente protestante y es miembro de la Iglesia Unida de Cristo. Se describe a sí misma como «una economista en el sentido puro de la palabra». McGurn es católico y un ardiente defensor del libre mercado.

Ambos coinciden en las ventajas del capitalismo de mercado como sistema económico, pero difieren en la forma de asegurar mejor que el mercado se adhiera a los principios morales. Blank pregunta: «Si aceptamos un modelo económico que asume que se hacen las opciones apropiadas cuando los individuos buscan su propio interés individualista, y que se centra en la adquisición de más cosas, ¿hacer esto no es dar validez a nuestra peor naturaleza y alejarnos de los atributos cristianos?».

Blank explica que el cristianismo ofrece algunos elementos que están en contraste con el modelo de comportamiento del mercado: el valor de la comunidad y de los demás; un énfasis más moderado en la acumulación de bienes materiales; una apreciación de las diferencias morales de las diversas opciones; y una preocupación por el pobre.

Un equilibrio en el puesto de trabajo entre las exigencias del mercado y las creencias cristianas suele colocar a la gente en situaciones difíciles, observa Blank. Un elemento importante para ayudar en este punto son los mecanismos reguladores establecidos por los gobiernos, defiende. Los gobiernos pueden tanto limitar la actividad de los mercados (por ejemplo, al no permitir el trabajo infantil) como redistribuir los recursos entre los diversos grupos.

Defensa del libre mercado
McGurn habla a favor de los mercados, defendiéndolos como la mejor forma de ayudar a resolver la pobreza. También desea que las iglesias y el clero conformen sus críticas al mercado con un mayor grado de instrucción económica y que demuestren un mayor aprecio por los beneficios de la economía de mercado.

Los mercados, añade, deberían definirse «más como las relaciones y redes entre seres humanos que sólo como transacción de bienes y servicios». Marcando diferencias con la postura económica común, McGurn basa su punto de vista en la visión del trabajo humano de la encíclica de Juan Pablo II «Laborem Exercens». El Papa defiende un concepto del trabajo humano que implica la esencia de los seres humanos, llevado a cabo en una economía que no sólo funciona individualmente, sino que es más relacional, observa McGurn.

Tras la estela de tantos escándalos recientes, McGurn pregunta cómo podemos desarrollar límites morales a los mercados sin dañar su eficiencia. Es menos propenso que Blank a la intervención gubernamental vía regulación. Defiende que el papel de la cultura es más importante. Mantiene que las encíclicas de Juan Pablo II han puesto de relieve la importancia de formar una sana cultura en la que se cultive la virtud, más que resolver los problemas a través de la imposición de leyes.

En su réplica a McGurn, Blank afirma que no cree «que las fuerzas culturales que conforman los mercados se puedan separar tan fácilmente del mercado mismo». Más que dejarlo todo al comportamiento virtuoso de los individuos, la sociedad necesita asegurar que esta virtud «se engloba dentro de la estructura de las instituciones económicas». Y ahí entra la intervención del gobierno, insiste Blank.

McGurn, a su vez, dice que no es un libertario y reconoce que el mercado requiere ciertas virtudes. Pero en lugar de tener al gobierno como controlador de los mercados, defiende que la cultura ofrece una mejor alternativa. «La ley funciona mejor cuando ratifica cierto consenso social», escribe McGurn. «Funciona peor cuando trata de imponer dicho consenso».

La cultura, explica, «no sólo proporciona el contexto d
entro del cual operan los mercados, sino que también proporciona las instituciones y los valores sin los que no puede sobrevivir el mercado». McGurn también sostiene que necesitamos prestar más atención a las virtudes sociales que se requieren en el libre mercado. Da un énfasis especial a la subsidiariedad y a la solidaridad.

Continuarán las diferencias de opinión sobre cuál es la mejor forma de lograr que un mercado sea más moral. Lo que es innegable es que la virtud juega un papel vital en este tema.

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ZENIT Staff

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