La devoción por la Eucaristía, ¿oscurantismo?

Entrevista a monseñor Angelo Comastri, vicario del Papa para el Estado de la Ciudad del Vaticano

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 20 octubre 2005 (ZENIT.org).-¿Es una convención o un hecho real la presencia real del cuerpo y sangre de Cristo en la Eucaristía? Los milagros eucarísticos ¿son acontecimientos probados científicamente o invenciones de ingenuos y visionarios?

El arzobispo Angelo Comastri, vicario general del Papa para el Estado de la Ciudad del Vaticano, se ha hecho en su vida estas preguntas, y las responde en esta entrevista.

«Hace algunos años, publiqué una investigación sobre milagros eucarísticos pero, para mi sorpresa, recibí una carta que impugnaba la documentación recogida porque sostenía que el fenómeno de la sangre eucarística era fruto de una época ingenua y predispuesta con facilidad a construir prodigios», confiesa.

«Me hizo sufrir esta afirmación. Y el motivo era muy sencillo: no era así, los hechos hablan de manera inequívoca», añade monseñor Comastri.

–¿Qué piensa del oscurantismo que se atribuye a quienes tienen devoción a la Eucaristía?

–Angelo Comastri: La devoción a la Eucaristía es irrenunciable, mucho más que importante. No hay Iglesia si no hay Eucaristía. Por otra parte, no debemos escuchar lo que escriben los periódicos o lo que se le ocurre al primero que pasa. Debemos escuchar a Jesús que ha regalado la Eucaristía a la Iglesia como el mayor don de este tiempo de camino hacia la eternidad, hacia los cielos nuevos y la tierra nueva.

Jesús esperó el momento más emocionante, cuando se preparaba a subir hacia la Cruz, hacia el Calvario, el momento del mayor amor. En ese momento, Jesús puso en las manos de los apóstoles este inmenso don, en el que ha encerrado el acto de amor que es la raíz de toda la salvación que existe en la historia; porque la Eucaristía no es alternativa a la Cruz, la Eucaristía es la Cruz presente en la historia. Es la Cruz que, por un prodigio que sólo Dios puede hacer, se hace presente en todo el tiempo, se fracciona en el tiempo, se hace presente en el tiempo y lo salva.

Como creyentes, estas cosas las comprendemos inmediatamente. ¿Qué podemos necesitar si no es la Cruz de Cristo? ¿Qué nos puede salvar si no es la Cruz de Cristo? ¿Qué nos puede liberar si no es Jesucristo? En la Eucaristía, se hace presente aquél acto salvífico que es el bien más grande, el único verdadero bien en la historia de la humanidad.

–¿Qué puede decir de los milagros eucarísticos, son quizá pruebas para hombres de poca fe?

–Angelo Comastri: Justo porque la Eucaristía es el don más precioso, en torno a la Eucaristía suceden muchos milagros por misericordia de Dios. La Eucaristía es la presencia de Cristo Salvador. Me sorprendería si no surgieran milagros.

Los más grandes milagros son los de la conversión, el cambio del corazón, la curación de la desesperación. Grandes milagros que se producen en tantas personas que toman contacto con la Eucaristía.

Junto a esto, el Señor quiere por su misericordia crear, producir, otros milagros que nos confirman en la fe y nos hacen comprender que las palabras de Jesús son palabras absolutamente verdaderas.

Son muchísimos los milagros eucarísticos. Por ejemplo, Marthe Robin, milagro eucarístico viviente, se alimentó durante más de cuarenta años sólo de Eucaristía. Teresa Neumann, en Alemania, durante más de 36 años se alimentó sólo de Eucaristía.

El padre Pio de Pietralcina, era un hombre que tenía marcado en su cuerpo el milagro de la Eucaristía. Se puede decir que en su cuerpo se reflejaba, como en un espejo, el misterio que celebraba en el altar para decir: «Creed en lo que sucede». Sólo por citar tres grandes milagros contemporáneos, pero hay muchísimos.

Lo que pasa es que muchos no tienen la humildad de mirar a los hechos, de inclinarse ante la historia y afrontar estos milagros. Tenía razón Blaise Pascal, cuando decía: «En el mundo hay luz suficiente para quien quiere creer, pero hay sombra suficiente para quien no quiere creer».

La responsabilidad está en no querer ver, porque la Eucaristía está plena de luz y si se quiere ver, si se quieren abrir los ojos y aceptar la luz, uno no puede evitar caer de rodillas y dar gracias a Dios.

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ZENIT Staff

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