«Proposiciones» del Sínodo sobre la Eucaristía (31-40)

CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 27 octubre 2005 (ZENIT.org).- Publicamos la serie de «proposiciones» 31 a 40 entregadas por el Sínodo de los obispos sobre la Eucaristía a Benedicto XVI.

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El Papa ha permitido la publicación de una versión provisional en italiano, no oficial, en la que se basa esta traducción de trabajo. En los próximos días, Zenit seguirá publicando traducciones de las «proposiciones» restantes.

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Proposición 31

La Palabra de Dios en la oración cristiana

La celebración eucarística es la celebración central de la Iglesia pero, para la vida espiritual de una comunidad, son de gran importancia también las celebraciones de la Palabra de Dios.

Tales celebraciones ofrecen a la comunidad la posibilidad de profundizar en la Palabra de Dios. Pueden ser también utilizadas aquellas formas de acceso a la Palabra de Dios que se han demostrado válidas en la experiencia catequística y pastoral, como el diálogo, el silencio u otros elementos creativos como los gestos y la música.

Además deberían recomendarse a las comunidades las formas, confirmadas por la tradición, de la Liturgia de las Horas, sobre todo la Laudes, Vísperas, Completas e incluso las celebraciones de vigilias. Las introducciones a los salmos y las lecturas del Oficio pueden llevar a una experiencia más profunda del acontecimiento de Cristo y de la economía de la salvación que, a su vez, puede enriquecer la comprensión del misterio eucarístico.

Será decisivo que quien guía tales celebraciones no tenga sólo una buena formación teológica sino que, a partir de la propia experiencia espiritual, pueda también acercar al corazón de la Palabra de Dios.

Proposición 32

La celebración Eucarística en pequeños grupos

Las santas misas celebradas en pequeños grupos, deben favorecer una participación más consciente, activa y fructífera en la Eucaristía. Han sido propuestos los siguientes criterios:

–los pequeños grupos deben servir para unir la comunidad parroquial, no para fragmentarla;

–deben respetar las exigencias de los distintos tipos de fieles, de manera que favorezcan la participación fructífera de toda la asamblea;

–deben ser guiados por directivas claras y precisas;

–deben tener presente que, en la medida de lo posible, hay que preservar la unidad de la familia.

Proposición 33

El presbiterio y los ministerios litúrgicos

Deben aclararse mejor las tareas del sacerdote y de los demás ministerios litúrgicos.

El sujeto verdadero que actúa en la liturgia es Cristo resucitado y glorificado en el Espíritu Santo. Cristo sin embargo incluye a la Iglesia en su acción y en su entrega. El sacerdote es insustituiblemente quien preside toda la celebración eucarística, desde el saludo inicial hasta la bendición final. Porque, en la celebración eucarística, él, en virtud de su ordenación sacerdotal, representa a Jesucristo, cabeza de la Iglesia, y propiamente también a la misma Iglesia.

El diácono, educando a los fieles en la escucha de la Palabra de Dios, en la alabanza y en la oración, puede inculcar el amor a la Eucaristía.

La colaboración de los laicos en el servicio litúrgico y, especialmente, en la celebración de la Eucaristía, ha existido siempre. Con el Concilio Vaticano II (Cf. «Apostolicam Actuositatem» 24) y la consiguiente reforma litúrgica, ha sido urgida ulteriormente (Cf. «Institución General» del Misal Romano publicada el 25 de enero de 2004, números 103-107).

En estos ministerios, se refleja la Iglesia como unidad en la pluralidad de formas y se expresa también de manera representativa una forma propia de la «actuosa participatio» de los fieles. Estos ministerios deben ser introducidos según su específico mandato y según las reales exigencias de la comunidad que celebra.

Las personas encargadas de estos servicios litúrgicos laicales deben ser elegidas cuidadosamente, bien preparadas y acompañadas con una formación permanente. Su nombramiento debe ser temporal. Estas personas deben ser conocidas por la comunidad y deben recibir de la misma un agradecido reconocimiento. Las normas y reglamentaciones litúrgicas sirven para dar una clara orientación sobre la economía de la salvación, la «communio» y la unidad de la Iglesia.

Proposición 34

Reverencia a la santa Eucaristía

Obsérvese ante la Hostia consagrada la práctica de la genuflexión u otros gestos de adoración, según las diversas culturas. Se recomienda la importancia de arrodillarse durante los momentos destacados de la oración eucarística, con sentido de adoración y de alabanza al Señor presente en la Eucaristía. Promuévase además la acción de gracias después de la Comunión, incluso con un tiempo de silencio.

Proposición 35

La recepción de la santa Comunión

En nuestra sociedad plural y multicultural, conviene que el significado de la santa Comunión se explique también a los no bautizados o a otras personas pertenecientes a Iglesias y a comunidades no católicas, presentes en la santa Misa con motivo, por ejemplo, de bautismos, confirmaciones, primeras comuniones, bodas, funerales.

En muchas metrópolis y ciudades, sobre todo ricas en arte, asisten con frecuencia a la Eucaristía visitantes de otras religiones y confesiones, y no creyentes.

Se debe explicar a estas personas, de manera delicada pero clara, que la no admisión a la santa Comunión no significa una falta de estima. También los fieles católicos que, permanentemente u ocasionalmente, no cumplen los requisitos necesarios, deben tomar conciencia de que la celebración de la santa misa, incluso sin la participación personal en la Comunión sacramental, sigue siendo válida y significativa. Nadie debe tener miedo de suscitar una impresión negativa si no se acerca a la Comunión.

En algunas situaciones, es recomendable una celebración de la Palabra de Dios en lugar de la santa misa. Preocúpense los pastores de almas de conducir al mayor número posible de hombres a Cristo, el cual llama a todos hacia sí –y no sólo en la santa Comunión–, para que tengan la vida eterna.

Proposición 36

El uso del latín en las celebraciones litúrgicas

En la celebración de la Eucaristía, durante los encuentros internacionales, hoy cada vez más frecuentes, para expresar mejor la unidad y la universalidad de la Iglesia, se propone:

–sugerir que la concelebración de la santa misa sea en latín (excepto lecturas, homilía y oración de los fieles). Así también recítense en latín las oraciones de la tradición de la Iglesia y cántense eventualmente composiciones musicales de canto gregoriano;

–recomendar que los sacerdotes, desde el seminario, se preparen para comprender y celebrar la santa misa en latín, así como a usar oraciones latinas y saber dar valor al canto gregoriano;

–no descuidar la posibilidad de que los mismos fieles se eduquen en este sentido.

Proposición 37

Las grandes concelebraciones

Los padres sinodales reconocen el alto valor de las concelebraciones, especialmente las presididas por el obispo con su presbiterio, los diáconos y los fieles. Se pide, sin embargo, a los organismos competentes que estudien mejor la práctica de la concelebración, cuando el número de celebrantes es muy elevado.

Parte tercera

La misión del pueblo de Dios nutrido por la Eucaristía

Proposición 38

Gratitud por los sacerdotes, diáconos y los demás ministros y colaboradores litúrgicos

La Asamblea Sinodal expresa intensa gratitud, aprecio y voluntad de animar a los sacerdotes, en especial a los presbíteros «fidei donum», ministros de la Eucaristía, que con competencia y generosa dedicación edifican la comunidad con el anuncio de la Palabra de Dios y del Pan de Vida.

Se recomienda vivamente a los sacerdotes la celebración diaria de la Santa Misa, incluso cuando no haya participación de los fieles.

Asi
mismo, el Sínodo da las gracias a los diáconos permanentes que colaboran con los presbíteros en la obra de evangelización mediante la proclamación de la Palabra de Dios y la distribución de la santa Comunión. Sería conveniente promover este ministerio, según las indicaciones conciliares. Del mismo modo, es importante dar las gracias a los ministros instituidos, a los consagrados y consagradas, a los ministros extraordinarios de la santa Comunión, a los catequistas y otros colaboradores, que ayudan a preparar y a celebrar la Eucaristía y la distribuyen con dignidad, y especialmente a los animadores que comunican la Palabra de Dios y dan la Comunión en las celebraciones comunitarias en espera de sacerdote.

Los padres sinodales aprecian mucho el testimonio de los fieles cristianos que participan con frecuencia en la celebración eucarística diaria, sobre todo el de quienes afrontan notables dificultades debidas a la edad y las distancias.

Proposición 39

Espiritualidad eucarística y vida cotidiana

Los fieles cristianos necesitan una mayor comprensión de la relación entre la Eucaristía y la vida cotidiana. La espiritualidad eucarística no consiste sólo en la participación en la misa y la devoción al santísimo Sacramento. Comprende toda la vida.

Animamos sobre todo a los fieles laicos a que sigan su búsqueda de un sentido más alto de la Eucaristía en su vida y a sentir hambre de Dios. Pedimos a los teólogos laicos que expresen su experiencia de vivir la existencia cotidiana con espíritu eucarístico. Animamos especialmente a las familias a que se inspiren y obtengan vida de la Eucaristía. De este modo, participan en la transformación de su vocación bautismal que les destina a llevar la Buena Noticia a sus prójimos.

En este contexto resplandece el testimonio profético de las consagradas y los consagrados, que encuentran en la celebración Eucarística y en la Adoración la fuerza para un seguimiento radical de Cristo, obediente, casto y pobre. La vida consagrada tiene aquí la fuente de la contemplación, la luz para la acción apostólica y misionera, el sentido último del propio compromiso por los pobres y los marginados, y la prenda de las realidades del Reino.

Proposición 40

Los divorciados vueltos a casar y la Eucaristía

En sintonía con los numerosos pronunciamientos del Magisterio de la Iglesia, y compartiendo la dolorosa preocupación expresada por muchos padres, el Sínodo de los obispos reafirma la importancia de una postura y de una acción pastoral de atención y de acogida a los fieles divorciados vueltos a casar.

Según la Tradición de la Iglesia católica, no pueden ser admitidos a la santa Comunión, encontrándose en condición de objetivo contraste con la Palabra del Señor que restituyó al matrimonio el valor originario de la indisolubilidad (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 1640), testimoniado por su entrega esponsalicia en la cruz y comunicado a los bautizados a través de la gracia del sacramento.

Los divorciados vueltos a casar sin embargo pertenecen a la Iglesia, que los acoge y los sigue con especial atención para que cultiven un estilo cristiano de vida a través de la participación en la santa misa –aunque no reciban la santa Comunión–, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo confidencial con un sacerdote o un maestro de vida espiritual, la dedicación a la caridad vivida, las obras de penitencia, y el compromiso de educar a los hijos.

Si luego no se reconoce la nulidad del vínculo matrimonial, y se dan condiciones objetivas que de hecho hacen la convivencia irreversible, la Iglesia les anima a empeñarse en vivir su relación según las exigencias de la ley de Dios, transformándola en una amistad leal y solidaria; así podrán volver a acercarse al banquete eucarístico, con las atenciones previstas por la probada práctica eclesial, pero evítese la bendición de estas relaciones para que no surja confusión entre los fieles sobre el valor del matrimonio.

Al mismo tiempo, el Sínodo auspicia que se hagan todos los esfuerzos posibles para asegurar el carácter pastoral, la presencia y la correcta y solícita actividad de los tribunales eclesiásticos respecto a las causas de nulidad matrimonial (Cf. «Dignitas connubii»), tanto profundizando ulteriormente los elementos esenciales para la validez del matrimonio, como teniendo en cuenta también los problemas emergentes del contexto de profunda transformación antropológica de nuestro tiempo, por el que los mismos fieles corren el riesgo de ser condicionados, especialmente si carecen de una sólida formación cristiana.

El Sínodo considera que, en todo caso, hay que asegurar gran atención a la formación de los novios y a la previa constatación de que comparten efectivamente las convicciones y los compromisos irrenunciables para la validez del sacramento del matrimonio, y pide a los obispos y a los párrocos valentía para un serio discernimiento, evitando que impulsos emotivos o razones superficiales conduzcan a los novios a la asunción de una gran responsabilidad consigo mismos, con la Iglesia y con la sociedad, a la que no sabrán luego responder.

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ZENIT Staff

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