Bondad en la guerra civil: El anarquista que salvó a miles de presos

Más allá de Torrejón y Paracuellos

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MADRID, jueves 30 de junio de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a nuestros lectores la segunda entrega de la serie La otra memoria con la que ZENIT está sacando a la luz actos de bondad en la guerra civil española que ayuden verdaderamente a la reconciliación y la paz.

En esta ocasión, el historiador José Andrés Gallego invita a fijarse en las miles de personas que se salvaron de morir en Paracuellos del Jarama y en Torrejón de Ardoz gracias a la valentía del anarquista Melchor Rodríguez García, que se plantó ante los ejecutores y comenzó una lucha personal para conseguir que cesaran las muertes.

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Hace quince días, abrimos esta sección de ZENIT con el propósito de mostrar que también se hizo el bien en la guerra civil española de 1936-1939, ya que todo el mundo se empeña en recordarnos los horrores y sólo los horrores. Pusimos un ejemplo  (el de dos personas encarceladas por sus ideas políticas y salvadas por soldados del propio bando de quienes las habían encarcelado) y abrí, como les dije, el blog que ven abajo, en la firma, por si se animan a contar sus propios recuerdos (los buenos) y podemos incorporarlos a esta sección. Varios lo han hecho ya; aunque algo pasa que la gente es más propicia a escribir por correo electrónico. Bienvenidos sean y agradecidos son esos mensajes.

Sin embargo, voy a empezar por hacer de abogado del diablo y recordarme que salvar a dos personas no es lo mismo que matar a cinco mil. Pues bien, agarremos ese toro por las astas. Uno de los debates más siniestros a que ha dado lugar esa guerra civil fue lo ocurrido en Paracuellos del Jarama, un pueblo próximo a Madrid, al que llevaron varios millares de presos políticos y los mataron. Es quizá la mayor matanza “represiva” que se dio en esos años. Corría noviembre de 1937 y los soldados “nacionales” estaban ya a las puertas de Madrid. Se temió que, si entraban, los doce mil presos políticos que se calcula había en las cárceles madrileñas, desencadenaran una venganza de proporciones gigantescas. Así que las autoridades optaron por trasladarlos a otras cárceles de poblaciones cercanas a Madrid, sobre todo Alcalá de Henares (a veinticinco kilómetros) y Guadalajara (a cincuenta). Empezaron a hacerlo; pero la mayoría de los convoyes que salieron de Madrid no llegaron a su destino. Fueron desviados en Torrejón de Ardoz o hacia Paracuellos y, allí, digan ustedes “ejecutados” o “asesinados” según les plazca.

Desde hace muchos años, se discute si el número de muertos no pasó de 2.000 o si llegó a 5.000 y si el responsable de la matanza fue o no fue un famoso político que -gracias a Dios- vive. Digo gracias a Dios, porque saben ustedes que, mientras hay vida, hay esperanza y, por lo tanto, tiempo para el perdón (que, además, por fortuna, administra el Señor de la Historia, y no ustedes ni yo).

Pues bien, basta echar cuentas para advertir que, en el peor de los casos, si murieron 5.000 y había 12.000, se salvaron 7.000 (claro es que en números redondos). ¿Es que el instigador y los ejecutores de las muertes se sintieron saciados y pararon o es que no pudieron seguir? No pudieron seguir. Un líder anarquista –Melchor Rodríguez García– se plantó ante los ejecutores y comenzó una lucha personal para conseguir que aquello cesara. Y lo consiguió.

En la guerra civil, hubo muchos más crímenes. Pero, en concreto, los de Paracuellos y Torrejón no duplicaron o triplicaron su enorme envergadura porque uno de los enemigos de esos presos se jugó la vida por ellos. Está probado y habrá ocasión –espero– de volver sobre esa persona. Si alguien desea saber más sobre él y no quiere esperar, sepa que, a mi modo de ver, hará bien –para empezar a desintoxicarse– y que lo mejor es que lea el libro de Alfonso Domingo Álvaro El ángel rojo: La historia de Melchor Rodríguez García, el anarquista que detuvo la represión en el Madrid republicano (Córdoba, Almuzara Ediciones, 2009).

Mientras tanto, me permito proponer a mis colegas historiadores que continuemos discutiendo, pero no sobre si fueron 2.000 ó 5.000 las víctimas, sino sobre si fueron 7.000 ó 10.000 los que se salvaron. Es probable que, así, salgan mejor las cuentas y se sepa toda la historia (o, al menos, mucho más y no menos importante). Cifras cantan.

Por José ANDRÉS-GALLEGO

Blog: joseandresgallego.wordpress.com/

http://www.joseandresgallego.com/

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ZENIT Staff

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