México, ¿laicismo o violación de derechos humanos?

MÉXICO, lunes 8 de marzo de 2010 (ZENIT.orgEl Observador).- La polémica en México, desatada por la posibilidad de una reforma al artículo 40 de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos en el sentido de hacer de ésta una República “laica”, ha seguido su curso.

ZENIT-El Observador publica ahora la entrevista concedida a este medio por parte del profesor, investigador y ensayista Alejandro Soriano Vallés, especialista en tema del siglo XVII y uno de los más reconocidos biógrafos y estudiosos modernos de la figura de Sor Juana Inés de la Cruz, la llamada “décima musa” de las letras hispanoamericanas.

-¿Cómo define usted el laicismo?

Alejandro Soriano Vallés: En uno de mis artículos recientes en El Observador, traté el tema del laicismo. Ahí dije que, entendido según su correcta acepción filosófica, “es el principio de autonomía de las disciplinas y actividades del hombre, que deben regirse únicamente por sus propias reglas, sin intervención de intereses o fines ajenos a los que les atañen”. El laicismo, así, salvaguarda la independencia de los diversos ámbitos de la vida del hombre. Se trata de algo bueno, porque distingue y separa, otorgando, como la justicia manda, a cada cual lo suyo.

-Desde luego, esa no es la noción que subsiste en México, entre las fuerzas políticas, ¿no es así

Alejandro Soriano Vallés: En efecto, por desgracia sobrevive en México una concepción fundamentalista, fanática, del laicismo. Heredada de la lucha jacobina decimonónica, que luego pasaría a la rabia anticristiana de los gobiernos “revolucionarios” del siglo XX, tal noción sigue dando por hecho que “laicismo” significa reducir la religión (sobre todo la católica) a la mínima expresión posible. Sería deseable, de acuerdo con ella, que se limitara a la “vida interior”, “espiritual” (la cual, por supuesto, no debería tener ninguna relación con la “vida activa”, “social”).

Desconociendo que la fe verdadera mueve al hombre entero a actuar en consonancia con lo que exige, nuestros retrógrados “laicistas” ambicionan imponer a los católicos un silencio vejatorio y fascista. Por medio de tan dictatorial disposición quieren hacer no una república “laica” como alegan, sino una atea que impida a los cristianos obrar siguiendo los dictados de su conciencia. Intentan acallarlos, violando sus derechos humanos.

-¿Para qué firma México tratados internacionales si no los va a cumplir en lo interno?

Alejandro Soriano Vallés: En efecto, diversas normas internacionales resguardan la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, como las expuestas en la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y la Convención Americana de Derechos Humanos. El artículo 18 de la primera de ellas, entre otras cosas, garantiza a toda persona “la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”. Que es, justamente, lo que los volterianos radicales intentan impedir al convertir a México en una república “laica”.

En tanto el “laicismo” que propugnan es el empolvado de la reacción jacobina y las logias masónicas, su tentativa es la conservación de un feudo donde sólo ellos opinen; donde nada más su pensamiento valga. Guarecidos en un juarismo trasnochado, maniobran para silenciar a los católicos, disimulando así la flagrante profanación de sus más elementales derechos a expresarse. Pero su deseo es el mantenimiento de un estado injusto, donde basta el calificativo “religiosos” para descalificar (y silenciar) los criterios ajenos.

-En la Constitución mexicana, a su juicio, ¿está bien reconocida la libertad religiosa?

Alejandro Soriano Vallés: Tal como existe, no reconoce ampliamente la libertad religiosa, pues sus liberales redactores pusieron “candados” legales a las garantías que acabo de mencionar (y a otras más, imposibles de tratar ahora). Sería preciso que el agregado “laica” que se le ha hecho protegiera unos derechos no únicamente consignados en tratados internacionales suscritos por nuestro país, pero que, más que nada, son inherentes a la condición humana. Mientras sea México un sitio donde sólo los escogidos pueden hablar, la iniquidad seguirá reinando.

Por Jaime Septién

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ZENIT Staff

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