CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 29 enero 2006 (ZENIT.org).- La paz «nunca será sólo fruto de funcionamientos estructurales o mecanismos jurídicos y políticos»; necesita de hombres «pacíficos y pacificadores», advierte el cardenal Renato Raffaele Martino, presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz.

La distinción que traza entre «Pacíficos, pacifistas, pacificadores» permite al purpurado llegar a la citada conclusión, según se desprende del capítulo final del libro que recientemente ha publicado bajo el título «Paz y guerra» (Edizioni Cantagalli, Siena, 2005).

Pacífico

«La paz es patrimonio de la persona, una cualidad ética y espiritual suya», por lo que instituciones o tratados internacionales --por ejemplo-- no son primariamente «pacíficas»: «pacífico es ante todo el hombre, cada persona capaz, por don de Dios y por virtud propia, de vivir una relación no conflictiva consigo mismo y con los demás», explica el cardenal Martino.

De ahí que la paz sea «la riqueza humana propia de los hombres de paz, de los “pacíficos”», y que jamás pueda haber estructuras de paz «sin hombres de paz, personas pacíficas», añade.

«Con demasiada frecuencia en el pasado –alerta-- ha existido la ilusión de que mecanismos o procesos estructurales garantizaran un mundo de paz sin necesidad de hombres pacíficos».

Y aunque acuerdos internacionales, organismos, etc., sean importantes recursos para la paz, sin embargo «son secundarios e indirectos», porque el «”principal” recurso son los hombres de paz, los pacíficos», insiste.

Y es que «el hombre de paz siembra la paz a su alrededor»; «es pacífico siempre y en toda ocasión de la vida, porque la paz pertenece a su ser», puntualiza.

Pacifismo; riesgo de traicionar el objetivo de la paz

«Pacifista es, en cambio, quien se moviliza por la paz y hace de ella un proyecto social y político», distingue el cardenal Martino.

Y aunque «el pacifismo es algo bueno», «puede degenerar» --alerta--: «trae frutos positivos sólo si es llevado adelante por hombres de paz», de forma que «se puede decir que el pacifismo depende del ser pacíficos».

Es más: «Se puede decir que el pacifismo, sin protagonistas pacíficos, corre el riesgo de traicionar el objetivo de la paz. Se puede transformar en una ideología, maniquea en sus juicios y hasta intolerante. Insensible a la complejidad de las situaciones (...)», recalca.

Según escribe el purpurado, «el pacifismo no se contenta con testimoniar, quiere convencer, adquirir consenso, traducirse en propuesta vencedora y, por lo tanto, también de poder».

De ahí que, aunque «el pacifismo es útil porque difunde una pasión por la paz», «necesita ser continuamente enmendado, reconducido a sus razones más profundas, o sea, a la paz que alberga en los corazones de los hombres pacíficos», señala.

Desde el punto de vista histórico, el purpurado constata que el pacifismo «ha tenido tanto más éxito cuanto más ha conseguido encarnarse en hombres pacíficos»: «ha logrado movilizar las conciencias y obtener también resultados políticos concretos precisamente porque sus protagonistas han sabido guiar el movimiento pacifista mediante sus cualidades de hombres pacíficos».

Pacificador

Respecto al hecho de que en el pacifismo militante exista «en el fondo una voluntad de poseer la paz y de imponerla», apunta el cardenal Martino que «la sabiduría del realismo cristiano bien conoce que la paz es un don de Dios antes que una conquista humana, sabe también que la paz plena no es algo de este mundo y, por lo tanto, con paciencia, busca ser conquistado por la paz, más que conquistarla».

«En este sentido, no se pasa a ser “operadores de paz” si no se es capaz de acoger la paz dentro de nosotros», reconoce.

«He aquí, entonces, al pacificador. Él saca alimento del hecho de ser un hombre de paz para vincularse a otros hombres de paz y, como tales, introducirse en las situaciones históricas de conflicto para llevar palabras, actitudes y soluciones de paz», prosigue.

«Si el del pacífico es un modo de ser y el pacifismo un proceso», ser pacificador implica acción. Y así como «el pacifismo puede ser utópico y abstracto», «la acción pacificadora es concreta y realista»; si «el pacifismo simplifica, juzga y a veces condena», en cambio «la acción pacificadora quiere entender la complejidad, ayudar a crecer, proponer soluciones que mejoren, convertir a la paz convirtiéndose a ella», diferencia.

«Si el pacifismo es orientado frecuentemente por la ideología o recorre un proyecto político, el pacificador, u “operador de paz”, está guiado ante todo por el amor, porque, como escribía san Agustín, “Tener la paz significa amar”», recalca el purpurado.

La paz, don de Dios

Puntualiza igualmente que «la distinción entre las tres expresiones –pacífico, pacifista, pacificador-- se nutre en la primacía de la paz don de Dios respecto a la paz conquista del hombre».

«Sin esta distinción de dos planos complementarios no se entendería por qué es que los primeros pacificadores son los hombres de oración --admite--. Ni se comprenderían las dos grandes iniciativas de oración propuestas por el Santo Padre y llevadas a cabo en Asís en 1986 y el 24 de enero de 2002».

«La paz es ante todo don de Dios –insiste el purpurado--: “Os dejo la paz, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo” (Jn 14, 27). La conciencia de que los hombres por sí solos no saben dársela pone en crisis el pacifismo ideológico y abre el espacio a los pacíficos y pacificadores».

Por ello «hay necesidad de hombres pacíficos y pacificadores, porque la paz nunca será sólo fruto de funcionamientos estructurales o de mecanismos jurídicos y políticos. Una paz “impersonal”, fruto de lógicas independientes de la persona, es una contradicción en los términos», concluye.

[Por cortesía del editor, el Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân (www.vanthuanobservatory.org) pone íntegramente a disposición del internauta --en italiano e inglés-- el capítulo final del libro del cardenal Martino].