Intervenciones en el Sínodo de la mañana del martes

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 5 octubre 2005 (ZENIT.org).- Publicamos el resumen que ha distribuido la Secretaría del Sínodo de los Obispos de las intervenciones de los padres sinodales que tomaron la palabra en la mañana del martes, durante la tercera congregación general de la asamblea.

Share this Entry

* * *

– S. Em. R. Mons. Juan Abelardo MATA GUEVARA, S.D.B., Obispo de Estelí (NICARAGUA)
– S. Em. R. Mons. Paul-André DUROCHER, Obispo de Alexandria-Cornwall (CANADÁ)
– S. Em. R. Card. Javier LOZANO BARRAGÁN, Presidente del Pontificio Consejo para el Apostolado para los Operadores Sanitarios (CIUDAD DEL VATICANO)
– S. Em. R. Mons. Geraldo LYRIO ROCHA, Arzobispo de Vitória da Conquista (BRASIL)
– S. Em. R. Mons. Pedro Ricardo BARRETO JIMENO, S.I., Arzobispo de Huancayo (PERÚ)
– S. Em. R. Card. Jorge Arturo MEDINA ESTÉVEZ, Prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (CIUDAD DEL VATICANO)
– S. Em. R. Card. Cormac MURPHY-O’CONNOR, Arzobispo de Westminster, Presidente de la Conferencia Episcopal (GRAN BRETAÑA (INGLATERRA Y GALES)
– S. Em. R. Mons. Gerald William WIESNER, O.M.I., Obispo de Prince George (CANADÁ)
– S. Em. R. Card. Justin Francis RIGALI, Arzobispo de Philadelphia (ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA)
– S. Em. R. Mons. Clément FECTEAU, Obispo de Sainte-Anne-de-la-Pocatière (CANADÁ)
– S. Em. R. Card. Miguel OBANDO BRAVO, S.D.B., Arzobispo Emérito de Managua (NICARAGUA)
– S. Em. R. Mons. Peter KANG U-IL, Obispo de Cheju (COREA)
– S. Em. R. Mons. José Trinidad GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Obispo titular de Menefessi, Obispo auxiliar de Guadalajara (MÉXICO)
– S. Em. R. Card. Telesphore Placidus TOPPO, Arzobispo de Ranchi (INDIA)
– S. Em. R. Card. James Francis STAFFORD, Penitenciario Mayor (CIUDAD DEL VATICANO)
– Revmo. P. Mark R. FRANCIS, C.S.V., Superior General de los Clérigos de San Viatore
– S. Em. R. Mons. Laurent MONSENGWO PASINYA, Arzobispo de Kisangani, Presidente de la Conferencia Episcopal (REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO)

* * *

– S. Em. R. Mons. Juan Abelardo MATA GUEVARA, S.D.B., Obispo de Estelí (NICARAGUA)

1. UNA REALIDAD DOLOROSA:
LA SECULARIZACIÓN, UNA CULTURA QUE DESHUMANIZA
a. Descomposición social:
La secularización como proceso cultural se ha internado en nuestros ambientes. Está desmantelando el acervo cultural de nuestro pueblo, algunos signos son ya manifiestos en la realidad que vivimos: Hay una plaga social que deshumaniza el ambiente y lo vuelve inmoral, debido al alejamiento de Dios y el rechazo de los principios cristianos. Sutilmente se han incrustado como algo normal, el alcoholismo, el divorcio, y como males sociales nos agobian la drogadicción, la pomografía, los asesinatos, la violencia, etc.
b. La crisis moral:
Se ha atacado a la Iglesia, no hay respeto para sus representantes, quienes constantemente están sometidos a la crítica mordaz y a caricaturas sarcásticas.
Por otra parte, la crisis moral denigra la dignidad de la persona humana. Junto a estos males, nos invade la propaganda asfixiante de consumo que contrasta con nuestra opacada realidad, y se nos impone la idolatría del dinero y del placer.
c. Ataques a nuestra cultura:
Esta ideología demoledora está destruyendo la familia y promueve el placer erótico, desenfrenado, una cultura egoísta que va introduciendo costumbres ajenas a nuestra cultura, como es la promoción de espectáculos que desacreditan la dignidad de la mujer e instan al consumo desmedido de alcohol. Esta situación es más dolorosa para la Iglesia, cuando estas celebraciones, llamadas carnavales, trastocan las celebraciones religiosas manipulándolas ideológicamente, creando más confusión y vacío de Dios.
d. Compromiso eclesial:
Los daños derivados de la difusión del secularismo de dichos ambientes, muestran la urgencia de una evangelización audaz en todos los ambientes sociales, que pueda transformar y humanizar estas estructuras, de tal manera que vuelvan a su verdadera unidad en Cristo (cf. Ef 1,10; Iglesia en América 67).
2. UNA HORA PROVIDENTE:
LA CELEBRACIÓN DE ESTE AÑO EUCARÍSTICO
a. La Eucaristía: alimento que da fuerza para el camino
En la Eucaristía, como lo afirma el Concilio Vaticano II, los cristianos encontramos la fuente y la cumbre de todo cuanto somos. En esta hora providente, el Señor nos invita a contemplar nuestra realidad y a levantar nuestros ojos a lo alto, para recuperar las esperanzas y el ánimo de lucha contra todo lo que nos aleja de Dios.
El Señor nos exhorta como al Profeta Elías: «Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti» (IRe 19,7). En el sacramento de la Eucaristía encontramos el alimento que nos da las fuerzas para luchar contra el pecado y el desaliento, la desidia y la falta de esperanza.
El camino es aún demasiado largo y sin este alimento no podríamos resistir las pruebas, las dificultades y sufrimiento que se nos presentan en la vida diaria.
b. Comunión:
El año Eucarístico nos ha venido invitando a una renovación en el espíritu de comunión, en la reconciliación y el amor fraterno, en la solidaridad y en el espíritu misionero. Esto va más alla de un simple evento, de un encuentro celebrativo. Busca una profundización en lo más intimo de nuestra vida interior y eclesial. Así pues, la celebración de este año eucarístico es para nosotros una fuerte llamada a la unidad y la comunión de toda la Iglesia en Nicaragua, a una vuelta a las raíces de la fe cristiana que ha hecho fecundar nuestras comunidades.

[Texto original: español]

– S. Em. R. Mons. Paul-André DUROCHER, Obispo de Alexandria-Cornwall (CANADÁ)

La cruz de Cristo, formada por un tronco y por un viga recuerda las dos dimensiones de la muerte salvífica de Cristo: vertical, la glorificación del Padre; horizontal, la salvación de la humanidad.
La cruz invita a la comunidad cristiana a unirse a Cristo de acuerdo a estas dos dimensiones -la alabanza al Padre y la oración por el mundo – transformando la Eucaristía en una acción litúrgica doxológica y misionera, al mismo tiempo. En nuestro mundo contemporáneo, buscamos antes que nada la realización personal y las satisfacciones inmediatas. En tal contexto cultural, se corre el riesgo de reducir la Eucaristía a la mera dimensión de las propias necesidades y deseos. Es necesario entonces desarrollar estas dimensiones doxológica y misionera dedicándonos con esmero al arte de oficiar, poniendo especial atención en las posibilidades de alabanza y de apertura hacia el mundo ya presentes en el corazón de la liturgia, con la libertad de desarrollar nuevas fórmulas de oración, nuevos prefacios o un nuevo rito de despedida. Todo esto con la intención de poner en práctica en la celebración lo que la cruz en el asta ya simboliza.

[Texto original: francés]

– S. Em. R. Card. Javier LOZANO BARRAGÁN, Presidente del Pontificio Consejo para el Apostolado para los Operadores Sanitarios (CIUDAD DEL VATICANO)

La Eucaristía recibida como Viático nos da la contemporaneidad con el acontecimiento salvífico en el momento de la muerte. Significa así vida, comunión y eternidad. Como vida, nuestra muerte se une en el Viático a la muerte y resurrección de Cristo. Así completamos en nuestro cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo y entramos en su gloriosa resurrección. Nuestra vida se torna mérito por los méritos de Cristo, gracias al Espíritu Santo que da mérito a la virtud y nos entrega el gozo perenne. Como comunión, por el Viático la muerte deja de ser soledad y se convierte en la máxima compañía: nos da la transparencia de nosotros mismos, nos une a Cristo centro del Universo y así con todo el Universo, nos abre a la compañía de toda la Iglesia por la comunión de los santos; nos une con la Santísima Virgen María, con todos los santos, con todos los miembros de la Iglesia. Por el Viático llegamos al momento de la recapitulación de todas las cosas en Cristo. Vencemos la soledad. La soledad en la muerte va en razón inversa de la fe en el Viático. Como eternidad, por el Viático vencemos la movilidad del deseo en la plenitud del amor trinitario del que participamos al tener a Cristo como el gozo perenne de l
legar a la plenitud de la participación de la vida divina.

[Texto original: español]

– S. Em. R. Mons. Geraldo LYRIO ROCHA, Arzobispo de Vitória da Conquista (BRASIL)

Hay celebraciones de la Santa Misa que se transmiten por televisión y que, en algunos lugares, despiertan serias y graves preocupaciones. Sería de máxima conveniencia que, acerca de estas cuestiones, se recordara que en la liturgia celebramos el Misterio Pascual. Por parte de todos debe existir respeto y fidelidad a cuanto establece el Magisterio de la Iglesia sobre la celebración de la Santa Misa y el Culto Eucarístico, a fin de que se eviten desviaciones y abusos, sobre todo en las transmisiones televisivas. Quienes asisten a la Misa por TV deben ser estimulados para participar en la celebración de la asamblea litúrgica. Que toda celebración tenga siempre un tono orante para que transparente la dimensión de sacralidad del misterio celebrado. Que se dé valor a los símbolos litúrgicos, se cuide la expresión artística del espacio de la celebración, de los objetos, de las vestimentas litúrgicas. El canto y la música deben estar de acuerdo con la índole propia de la celebración, el tiempo litúrgico y los momentos de celebración.

[Texto original: italiano]

– S. Em. R. Mons. Pedro Ricardo BARRETO JIMENO, S.I., Arzobispo de Huancayo (PERÚ)

En el mundo actual hay angustia y decepción ante el fracaso de las esperanzas humanas, ligadas al medio ambiente y a la pobreza extrema porque «Dios ha sido desterrado de la vida pública», por eso «la crisis ecológica, no solo es un problema científico y técnico es también y principalmente ético y moral”. La convicción de la Iglesia es que «la tecnología que contamina, también puede descontaminar; la producción que acumula, también puede distribuir equitativamente, a condición de que prevalezca la ética del respeto a la vida, a la dignidad del hombre y a los derechos de las generaciones humanas presentes y futuras».
El cambio climático presenta una amenaza seria para la paz mundial. Es un auténtico “signo de los tiempos” que nos exige una conversión ecológica. Y la Iglesia tiene una gran responsabilidad en este campo espiritual. En este contexto, «la Eucaristía, siendo la cumbre a la cual tiende toda la creación, es también la respuesta a la preocupación del mundo contemporáneo por el equilibrio ecológico».
Como «fruto de la tierra», el pan y el vino representan la creación que nos es confiada por nuestro Creador. Por ello la Eucaristía tiene una relación directa con la vida y la esperanza de la humanidad y debe ser una preocupación constante de la Iglesia y señal de autenticidad Eucarística.»No sólo las personas humanas, sino la creación entera… espera la recapitulación de todas las cosas, también las de la tierra, en Cristo”. Como “fruto del trabajo» de la persona humana, En muchas partes del mundo, como es el caso del territorio de la Arquidiócesis de Huancayo (Perú), el aire, la tierra y la Cuenca del río Mantaro están seriamente afectados por la contaminación. La Eucaristía nos compromete a trabajar para que el pan y el vino sean fruto «de la tierra fértil, pura e incontaminada”. Para ello es necesario hacer cada vez más visible la «comunión» en el Colegio Episcopal, reunido bajo el Vicario de Cristo y la «colegialidad afectiva y efectiva», de la cual se deriva la solicitud de nosotros los Obispos por las otras Iglesias particulares y por la Iglesia universal…», incentivando la participación de los laicos.

La fe en Cristo resucitado hace que la Eucaristía sea «un proyecto de solidaridad” para compartir los bienes con los más pobres» y vivir la espiritualidad eucarística en la Iglesia.

[Texto original: español]

– S. Em. R. Card. Jorge Arturo MEDINA ESTÉVEZ, Prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (CIUDAD DEL VATICANO)

Los tres aspectos de la Eucaristía, Sacrificio, presencia real y Comunión sacramenta1 no son realidades yuxtapuestas, sino que se articulan de modo que la realidad matriz es la sacrificia1. La presencia real da su plena dimensión al Sacrificio eucarístico y la S. Comunión es la participación en el sacrificio. No puede separarse ninguna de estas realidades de las otras dos y su conjunto apunta a que toda la vida cristiana esté consagrada a la gloria de Dios.
Intimamente unida a la naturaleza sacrificia1 está la dimensión propiciatoria de la celebración eucarística, tanto en favor de los vivos como de los difuntos. La liturgia exequia1 mira, ante todo, al sufragio por el alma del difunto y es un abuso transformar la homilía exequia1 en un elogio de la persona fallecida.

[Texto original: español]

– S. Em. R. Card. Cormac MURPHY-O’CONNOR, Arzobispo de Westminster, Presidente de la Conferencia Episcopal (GRAN BRETAÑA (INGLATERRA Y GALES)

Abrigo la sincera esperanza de que nuestro debate se concentre sobre las implicaciones de la Eucaristía en la comunidad eclesial y su misión en el mundo. La Relación Final del Sínodo de 1985 eligió como título: Ecclesia sub Verbo Dei celebrans mysteria Christi pro salute mundi. En este título encontramos, vinculadas, las cuatro componentes fundamentales del Concilio Vaticano II.
Al hacer referencia al Sínodo Extraordinario de 1985 quise indicar muy explícitamente uno de los mayores resultados obtenidos gracias al mismo, es decir, el concentrarse sobre koinonia/comunión – Ecclesiologia communionis.
Estoy convencido de que una recuperación de la teología y de la eclesiología de koinonia en sus diversos aspectos es en verdad fruto de la presencia del Espíritu del Cristo Resucitado en su Iglesia y que esto constituye un tema de inmenso valor ecuménico.
Es esencial que la relación profunda entre comunión/koinonia y Eucaristía llegue a ser una característica central de nuestras discusiones y de cada documento que se produzca en esta asamblea. No podemos reducir nuestras reflexiones durante este Sínodo a la limitada discusión de normas prácticas o de indicaciones catequísticas, por importantes que fuesen.
Este Sínodo sobre la Eucaristía nos lleva al corazón de todo lo que el Concilio Vaticano II ha tratado de decir sobre la Iglesia, sobre el mundo y sobre los destinos de toda la historia humana en el misterio de la Santísima Trinidad.

[Texto original: inglés]

– S. Em. R. Mons. Gerald William WIESNER, O.M.I., Obispo de Prince George (CANADÁ)

En la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, el Papa Juan Pablo II indica la celebración del Año Santo de 2000 como una oportunidad para la Iglesia de analizar hasta qué punto se ha renovado a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.
El Concilio pide clara y repetidamente la participación plena, consciente y activa de los fieles en la celebración de la liturgia. Esta calidad de participación se pide tanto por la naturaleza misma de la liturgia, como en virtud del bautismo.
El sacerdocio real, conferido a los fieles a través del sacramento del bautismo, les exige que ofrezcan, y les da la posibilidad para que lo hagan, la Víctima divina al Padre, y que se ofrezcan a sí mismos junto con la Víctima divina.
Como se indica en el Instrumentum Laboris, muchos no tienen una correcta comprensión de la Eucaristía y, por tanto, no consiguen participar adecuadamente. Esta breve intervención quiere ser un esfuerzo para subrayar y afrontar esa cuestión.

[Texto original: inglés]

– S. Em. R. Card. Justin Francis RIGALI, Arzobispo de Philadelphia (ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA)

Hablar de “la Eucaristía, misterio de la fe” (nº 28) es hablar también de “la Eucaristía: misterio del amor Trinitario”. Es lo mismo cuando se habla del Sacrificio de Jesús (nº 37).
Al hablar de la relación de Jesús con el Padre en la comunión de la Santísima Trinidad, nosotros hallamos la más profunda explicación de la Eucaristía, especialmente como sacrificio, un
sacrificio renovado en la Eucaristía.
El amor de Cristo hacia nosotros y el amor del Padre que envió a Su Hijo al mundo para redimirnos, nos explican en gran medida la Eucaristía. Otros dos aspectos del amor de Dios son, sin embargo, aún más fundamentales para una comprensión de la Eucaristía y de todo el sufrimiento de Cristo por nosotros en el Calvario. La Eucaristía fluye directamente del amor del Hijo de Dios por el Padre, en respuesta al amor eterno con el que Él es amado por el Padre en el Espíritu Santo.
La proclamación más grande de Jesús fue el amor que el Padre siente por Él y el amor que Él siente por el Padre. Jesús dijo “”El Padre ama al Hijo” (Jn 3,35; 5,20). “El Padre me ama” (Jn 10,17). “Yo amo al Padre” (Jn 14,31).
El sacrificio de Jesús está motivado por Su amor por el Padre y Su obediencia hacia el Padre. El Calvario y la Eucaristía, que repite y renueva el Calvario, expresan el intercambio de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. La Resurrección es la respuesta de amor del Padre al sacrificio de Cristo y la más grande proclamación de Su amor eterno hacia Su Hijo. Como el misterio de la fe, la Eucaristía es, sobre todo, el misterio del amor Trinitario.

[Texto original: inglés]

– S. Em. R. Mons. Clément FECTEAU, Obispo de Sainte-Anne-de-la-Pocatière (CANADÁ)

Con razón el documento sometido al estudio de la presente asamblea del Sínodo recomienda que se insista en que Cristo Jesús está realmente presente en el Sacramento de la Eucaristía.
En el número 38 de la Instrumentum Laboris se invita a la presente asamblea Sinodal a que afirme de nuevo que «la presencia permanente y sustancial del Señor en el Sacramento no es tipológica o metafórica ».
En este sentido es justo que se pida «explicar la teología de la consagración » para facilitar el diálogo ecuménico, así como para facilitar su comprensión a los propios católicos. También sería oportuno pedirle a los especialistas que desarrollen un lenguaje más adecuado para la catequesis de este gran misterio.
Con frecuencia se observa que la Eucaristía se considera algo estático, cuando, más bien, se trata de una realidad dinámica. La Eucaristía no es sólo la persona de Cristo – no solamente presente -,
sino una acción constante y permanente de sacrificio aunque se presente bajo la forma de memorial.
Es de esperar que los especialistas sugieran también un nuevo lenguaje sobre este aspecto de manera que los pastores, los catequistas y los fieles lleguen a comprender más profunda y auténticamente la presencia del Señor en la Eucaristía.
El acto de adoración, es decir, la actitud interior de la adoración, constituye el lugar donde culmina la expresión de la fe ante la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento. Sería necesario, sin embargo, evitar la interpretación de esta afirmación ya que las celebraciones de la adoración, fuera del contexto de la misa, no representan una expresión de fe más grande que ésta.
Esperamos que en esta asamblea sinodal se profundice en el tema de la Adoración Eucaristía, con el compromiso de renovar esta práctica, explicando su sentido y ofreciendo textos y oraciones adecuados para apoyar a las personas que no tienen todavía la costumbre de la oración espontánea.

[Texto original: francés]

– S. Em. R. Card. Miguel OBANDO BRAVO, S.D.B., Arzobispo Emérito de Managua (NICARAGUA)

Jesús nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, y por tanto, de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor.
El comportamiento de la persona es plenamente humano cuando nace el amor y está ordenado al amor. Esta verdad vale también en el ámbito social: es necesario que los cristianos sean testigos profundamente convencidos y sepan mostrar, con sus vidas, que el amor es la única fuerza que puede conducir a la perfección personal y social y mover la historia hacia el bien.
Para plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona, es necesario revalorizar el amor en la vida social -a nivel político, económico, cultural-, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción.
Sólo la caridad puede cambiar completamente al hombre. Semejante cambio no significa anular la dimensión terrena en una espiritualidad des encarnada. Quien piensa conformarse a la virtud sobrenatural del amor sin tener en cuenta su correspondiente fundamento natural, que incluye los deberes de la justicia, se engaña a sí mismo. La caridad representa el mayor mandamiento social. Respeta al otro y sus derechos.
Pero la caridad tampoco se puede agotar e la dimensión terrena de las relaciones humanas y sociales, porque toda su eficacia deriva de la referencia a Dios.
No se puede .hablar Eucaristía sin fraternidad. Al menos sin una actitud de apertura, una voluntad de unión y entrega mutua.
En la celebración Eucarística, se acumulan elementos de fraternidad (el Padrenuestro, el gesto de la paz, la fracción del mismo pan). Es, sencillamente, querer subrayar el aspecto «horizontal» de nuestra comunión.

[Texto original: español]

– S. Em. R. Mons. Peter KANG U-IL, Obispo de Cheju (COREA)

La razón por la cual hoy día se olvida la belleza, la luz y el valor de la Eucaristía no depende sólo del hecho de que no sigamos las normas, sino que más bien se debe a la secularización de la cultura moderna, materialista y hedonista. Toda la sociedad está influida por estas imágenes y, con el paso del tiempo, el pueblo en general se vuelve indiferente al “misterio”.
Por lo que se refiere a la Iglesia en Corea, la participación de los niños en la Eucaristía desciende drásticamente con el aumento de la edad. Los niños que no van a Misa dicen que es porque la Misa es demasiado tediosa y poco interesante. Lo afirman también los adultos, y como la encuentran muy aburrida, no se sienten motivados a participar. Nuestra prioridad, por tanto, debe ser la de motivar e incrementar en el corazón de los católicos el deseo y el anhelo de participar en la Eucaristía.
Hasta ahora, no se ha creado una relación personal demasiado profunda entre los católicos en el ámbito de la estructura parroquial. Pero en los últimos años los fieles asiáticos han ido construyendo un sentido de comunión con sus hermanos y hermanas en la fe, gracias a las Small Christian Communities (Pequeñas Comunidades Cristianas). Las personas que tienen experiencia de este sentido de comunión con el prójimo están más preparadas para profundizar su sentido de comunión en el contexto de la Eucaristía. Desde este punto de vista, la animación de las Pequeñas Comunidades Cristianas representa un instrumento excelente para ayudar a los fieles a comprender más profundamente el valor de la Eucaristía y a participar más plenamente en su celebración.
Para transmitir al pueblo moderno el misterio eucarístico, no es suficiente aplicar estrictamente las normas y los reglamentos relativos a la celebración del Sacramento. Por nuestra parte, nosotros Obispos tenemos que buscar más activamente vías que faciliten a los católicos de hoy la experiencia del valor auténtico de la Eucaristía, de la plena participación en ella, y de la alegría que infunde.
[Texto original: inglés]

– S. Em. R. Mons. José Trinidad GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Obispo titular de Menefessi, Obispo auxiliar de Guadalajara (MÉXICO)

La justicia unida a la caridad a las que nos urge la Eucaristía nos proyectan a un amor activo, concreto y eficaz con cada ser humano que no debe faltar en nuestro estilo eclesial de vida cristiana y en nuestros programas de pastoral. Porque, si verdaderamente hemos partido de la contemplación del Cristo eucarístico, «tenemos que saberlo descubrir, sobre todo, en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse, cuando dijo ‘he tenido hambre y me habéis dado de comer’….(Mí. 25;» 35-36). Esta página evangélica no es una simple invitación a la caridad: es una página de c
ristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia», declaró Su Santidad Juan Pablo II (Novo Millennio Ineunte, 49).
El presente Sínodo nos ofrece una ocasión magnífica para hacer efectivo el compromiso eucarístico en el gozo de proclamar que, sobre todo, en la Eucaristía, «El Salvador, encarnado en el seno de María, hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina» (Tertio Millennio Adveniente, 55), y para recordamos que ofrecer, de verdad, el sacrificio de Cristo implica continuar este mismo sacrificio en una vida de entrega a los demás.
Así, pues, Jesús, Pan de vida, nos impulsa a trabajar para que no falte a nadie y a ninguna nación ese pan que todavía falta a muchos:
– El pan de paz y de justicia, allí donde hay guerras y no se respetan los derechos del hombre, de la familia y de los pueblos.
– El pan de la Palabra de Dios, allí donde todavía Cristo, Pan de Vida, no ha sido anunciado y los hombres están privados del alimento y de la bebida que sacia el hambre y la sed del espíritu.
– El Pan de la verdadera libertad, allí donde no tiene vigencia todavía una justa libertad religiosa para profesar y proclamar abiertamente la propia religión.
– El Pan de la fraternidad, donde no se reconoce y practica el sentido de la comunión universal en la paz y la concordia.
– El pan de la unidad, especialmente entre los cristianos, todavía divididos, pero en camino de participar del mismo Pan y del mismo cáliz, en orden a dar testimonio de unidad, a fin de que el mundo crea.

[Texto original: español]

– S. Em. R. Card. Telesphore Placidus TOPPO, Arzobispo de Ranchi (INDIA)

La Iglesia local del territorio tribal del interior de la India, cuenta actualmente más de dos millones de fieles, representando indudablemente una de las historias más bellas sobre los éxitos de la misión de la Iglesia católica. En sólo treinta años, la Archidiócesis de Ranchi ha creado 12 diócesis, ordenando 23 obispos, centenares de sacerdotes y millares de religiosos. Atribuyo todo este dinamismo y crecimiento a nuestra devoción especial en la Eucaristía. Ésta forma nuestra propia‘identidad’. Desde que los grupos étnicos han recibido el Evangelio, la ‘presencia real’ del Señor resucitado en la Eucaristía les ha hecho libres, les ha ofrecido la salvación, transformándoles en una ‘nueva creación’ en Cristo.
Por tanto, deseo llamar la atención de este Sínodo sobre el “aspecto salvífico”de la Eucaristía, y compartir con ustedes lo que la fe cristiana ha hecho por nosotros. Antes que nada existe la realidad del amor de Dios, simbolizada – en la tradición católica – por la imagen del Sagrado Corazón que nos conduce directamente al Misterio Pascual y a la Eucaristía (cfr. Jn 19, 34).
Es ésta la realidad de la ‘anamnesis’, es decir, que la fe de la Iglesia hace que el Misterio Pascual de nuestro Salvador Jesucristo esté espiritualmente presente entre los fieles. Esto nos lo ha enseñado nuestro fundador, el misionero Constant Lievens. Más recientemente, nuestro amado Papa de venerada memoria Juan Pablo II, junto a la Beata Madre Teresa de Calcuta, han destacado esta realidad de participación en la Eucaristía. Actualmente, los cristianos de nuestros territorios tribales del interior tienen puesta toda su confianza en el hecho de que la muerte salvífica y la resurrección de Jesús ha despojado de su fuerza a los principados y las potestades del mundo, y ha destruido su poder (cfr. Col 2, 14-15). En esta experiencia de fe de nuestro pueblo, la Eucaristía ha realizado un cambio ejemplar alejándolo de los sacrificios de sangre de un tiempo, con el cual se trataba de aplacar a los llamados “espíritus malignos”, orientándolo hacia la nueva y eterna alianza establecida por Jesucristo.
Además, existe la realidad de la “admirabile Commercium”, a través de la cual “participamos de la divinidad de Cristo que ha sido humillado para compartir nuestra humanidad”. Esta realidad no implica simplemente la salvación, sino un “maravilloso intercambio”, es decir una trasformación en “herederos de Dios” y “co-herederos con Jesucristo”. Por esto, los fieles han sido verdaderamente liberados de todos los vínculos y han recibido la “libertad de los hijos de Dios”.
Este Sínodo providencial debe guiar a todos los cristianos para que participen de la Eucaristía con una nueva intensidad y profundidad de fe. ¡Que la intercesión de María, “Mujer de la Eucaristía”, nos conceda la salvación constante del mundo, la verdadera liberación y la abundancia de la vida gracias a su Hijo, Jesucristo, Pan de vida!

[Texto original: inglés]

– S. Em. R. Card. James Francis STAFFORD, Penitenciario Mayor (CIUDAD DEL VATICANO)

Mis reflexiones se basan en el misterio pascual celebrado en la Eucaristía. Por mi servicio a la Iglesia como Penitenciario Mayor y, por lo tanto, por mi experiencia en la actividad de la Penitenciaría Apostólica, querría ante todo subrayar la importancia actual del nexo entre Eucaristía y Penitencia.
1. Toda la vida y la misión de la Iglesia deriva en su razón de ser y su vigor de la Eucaristía y está totalmente orientada a hacer presente en la historia de la humanidad la eficacia salvífica del misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Al cumplir el mandato de Cristo («Haced esto en recuerdo mío» [Lc 22,19]), la Iglesia se reconoce como el pueblo de los redimidos, de los salvados, de los reconciliados con el Padre en la sangre del Hijo. Al mismo tiempo la Iglesia se reconoce como el nuevo pueblo de Dios, peregrino que experimenta las tentaciones y las insidias del camino, y también la infidelidad de sus miembros. De ello deriva una constante exigencia de conversión y una necesidad permanente de reconciliación.
2. La vida cristiana, por tanto, es auténtica cuando se vive en actitud de continua conversión personal y comunitaria, que tiene su expresión más alta en el signo de la reconciliación sacramentale. Renovar la alianza de amistad con Dios no es sólo una decisión íntima del cristiano penitente, sino que requiere un signo reconocido por y en la comunidad eclesial, en la persona del ministro, porque el pecado ha roto el vínculo de amistad con el Señor y con la Iglesia. La participación en el banquete eucarístico con los hermanos comporta, como condición ineludible, un signo público de reconciliación.
3. Concluyo mi intervención con una recomendación: es de esperar que cada diócesis cuente con la presencia del canónigo penitenciario o al menos con un sacerdote que desempeñe la misma función, tal como está previsto en el canon 508 del Codex Juris Canonici. Son ellos los que pueden ayudar a los confesores en su delicado ministerio e instruirlos sobre sus eventuales recursos a la Penitenciaría Apostólica. Es un servicio precioso a favor de la serenidad de la conciencia de muchos fieles, como testimonia el trabajo cotidiano de la misma Penitenciaría Apostólica.

[Texto original: italiano]

– Revmo. P. Mark R. FRANCIS, C.S.V., Superior General de los Clérigos de San Viatore

Quisiera comentar el artículo 8 de la Instrumentum Laboris ya que refleja una de las debilidades que veo en el enfoque de todo el documento, debilidades tanto teológicas como pastorales. Al subrayar la importancia de la adoración de Cristo en sus dos elementos eucarísticos, el documento parece atribuir la misma importancia a la celebración litúrgica en sí y a la expresión de piedad popular hacia la Eucaristía. Esto parece conducirnos a algunas afirmaciones restrictivas. Por ejemplo, en el artículo 8 se puede leer que la presencia de Cristo «constituye el fundamento del sacramento». Éste es un modo incompleto y pobre de entender la finalidad de la Eucaristía. Se trata aquí de la res sacramenti o res tantum de la teología sacramental escolástica del Concilio d
e Trento que, como fuente autorizada, la ha descrito de manera mucho más exhaustiva como comunión del creyente con Cristo y como prueba de la gloria futura. Cristo está realmente presente en la Eucaristía no sólo por estar presente, sino por tener un efecto de transformación en el creyente. Este hecho está subrayado en muchas oraciones que según el Misal Romano se hacen después de la comunión. Esto constituye una parte importante del redescubierto fundamento neumatológico de la Eucaristía en el Rito Latino, anunciado por la epiclesis de la comunión de las “nuevas” oraciones Eucarísticas: por ejemplo, la Oración III: “Spiritu eius Sancto repléti, unum corpus et unus spiritus inveniamur in Christo”.
Considero que el documento debería poner mayor énfasis en la enseñanza eucarística tradicional de la Iglesia: la adoración del Santísimo Sacramento procede de la misma Misa y a ésta vuelve a conducir. Las palabras puestas al principio de los praenotanda de los Ritos de la Santa Comunión y Adoración de la Eucaristía fuera de la Misa (Eucharistiae Sacramentum) habrían podido ser evocadas útilmente: “Finalidad primaria y originaria de la conservación de la Eucaristía fuera de la misa es la administración del viático; finalidades secundarias son la distribución de la comunión y la adoración de nuestro Señor Jesucristo, presente en el sacramento” (ES 5). Esto también es coherente con el modo en el cual el Concilio de Trento afrontó la Adoración Eucarística fuera de la Misa: la Eucaristía fue instituida por Cristo… “ut sumatur” para que pudiera ser recibida; en segundo lugar, que ésta sea justa y oportunamente adorada en el sacramento conservado en el tabernáculo (Cfr. Sessio XIII, Caput V).
Esto no significa, de ninguna manera, negar el valor de la exposición de la Eucaristía y otras prácticas eucarísticas populares de la Iglesia Latina. Simplemente, considero que sea necesario un mayor reconocimiento de la acción de la Eucaristía, una acción que es, como afirma el Sacrosanctum Concilium, “Attamen Liturgia est culmen ad quod actio Ecclesiae tendit et simul fons unde omnis eius virtus emanat” (SC 14).
Al enfatizar el momento de la celebración de la Eucaristía, tanto en la Liturgia de la Palabra como en la Liturgia Eucarística, me parece que se podría reforzar otro punto débil del documento, es decir, la falta de atención real a las modalidades prácticas con las cuales mejorar lo que el IL llama la ars celebrandi (52). Si el Sínodo quisiera tener un efecto positivo en la vida Eucarística del creyente, es necesario que en la instrucción de los seminarios y en los programas de educación permanente para sacerdotes y diáconos, se dé mayor importancia a los instrumentos prácticos que sirven para preparar e impulsar una mejor comprensión de las Sagradas Escrituras en los sacerdotes, a preparar homilías que proclamen verdaderamente la Buena Noticia y a cultivar un estilo eficaz en la celebración. Por ejemplo ¿cuántos de nuestros seminarios se dedican a los problemas prácticos de la predicación y del modo de presidir la liturgia? Como Superior General, al revisar la formación de los seminarios de mis candidatos al sacerdocio en los catorce países en los que realiza actividades mi comunidad, mi impresión es que se les transmite poco sobre la homilía o la forma de presidir las liturgias. Indudablemente hay factores sociológicos y de otro tipo que se oponen a la participación de los fieles cristianos en la Misa. Pero, en muchos países, más que atribuirle fácilmente la culpa del bajo porcentaje de quien asiste a Misa a la falta de fe de nuestros católicos y a la secularización de la sociedad, tenemos que reconocer con tristeza que ello se debe más bien al producto de una mala predicación, asociada a celebraciones eucarísticas poco preparadas y realizadas mediocremente que, con frecuencia, aleja a las personas válidas de la Iglesia.

[Texto original: inglés]

– S. Em. R. Mons. Laurent MONSENGWO PASINYA, Arzobispo de Kisangani, Presidente de la Conferencia Episcopal (REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO)

Hablo en nombre de la Conferencia episcopal nacional del Congo (CENCO).
Mi intervención trata de los efectos espirituales y las implicaciones sociales de la Eucaristía (Instrumentum Laboris, nº 11 y 79).
1. En un país como el nuestro, la República Democrática del Congo, donde desde hace nueve años el pueblo empobrecido vive los horrores de una guerra injusta e inútil, la Eucaristía, celebrada siempre tanto en una atmósfera de fiesta y de alegría, como con la preocupación de la inculturación, constituye para los fieles:
-un hogar ardiente de caridad, donde se aprende el valor incomparable de la vida y el precio inestimable del amor de Aquél que ama tanto la vida, que opta libremente por la muerte, para dar la vida en abundancia (cf. Jn 10, 10).
-un lugar donde se edifica continuamente la Iglesia-familia de Dios, sacramento de unidad y de fraternidad, de perdón, de reconciliación y de paz (cf. SCEAM, Carta pastoral “Cristo es nuestra Paz (Ef 2,14)”, Accra, 2001);
– una fuente inagotable de consuelo, de confortación y de resistencia en las pruebas y sufrimientos asociados a la Cruz y a la Resurrección de Cristo (cf. 2 Tm 2,11-12a);
– una escuela de humildad colectiva, donde en cuanto pueblo, se experimenta el misterio pascual de purificación a través de la sumisión y la humillación: vía principal hacia la resurrección y la elevación tanto espiritual como material.
2. Por lo que se refiere a la Eucaristía, la teología enseña que los efectos espirituales de la Eucaristía en la vida de los fieles son la incorporación a Cristo y la concorporación entre los miembros de su cuerpo, también llamada koinonia: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos: pues todos participamos de un solo pan” (1Co 10, 16-17; cf. Ecclesia de Eucharistia, nº 22-24; Instr. Laboris nº 11). Esta es la gracia sacramental propia de la Eucaristía.
3. Por otro lado, en la celebración eucarística, decimos: “Bendito eres tú, Señor Dios del universo que nos das el pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre”… “que nos das este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre” (Ofertorio). Es decir, la Eucaristía recapitula la riqueza y la pobreza del mundo, pobreza que subraya con fuerza la pobreza de las especies eucarísticas. La Eucaristía “hace que todo tenga a Cristo por cabeza” (cf. Ef 1,10), toda la humanidad en su productividad y en su pobreza, es decir, el mundo de los ricos y el de los pobres. Así pues, la recapitulación (anakephalaiôsis) de la economía de la salvación implica la de la humanidad-familia en su vida cotidiana y social. Es la salvación integral y la liberación verdadera en Cristo, centro y cumbre de la Historia, Alfa y Omega.
4. Es por eso que la Eucaristía cotidiana tiene que convertirse para los discípulos de Cristo en
una invitación apremiante a construir un mundo más fraternal y más unido, más justo y solidario. En particular, y aprovechando los beneficios de la Eucaristía cotidiana, la Iglesia tiene que invitar a los expertos en economía y finanzas, como también a los cristianos que toman decisiones geopolíticas, a trabajar incesantemente para instaurar un nuevo orden económico mundial, en el cual la solidaridad y la repartición deben superar el aspecto humanitario, a menudo vinculado a intereses políticos, para pasar a ser una dimensión intrínseca al mismo sistema. De esta forma, la cancelación, muy apreciada, de la deuda exterior de los países más pobres, iniciativa de los más afortunados, reclama, a su vez, un examen más profundo de nuevos mecanismos capaces de evitar desde ahora a esos mismos países endeudamientos de esa entidad.
[Texto original: francés]

[Traducciones de la Secretaría del Sínodo de los Obispos]< br>

Share this Entry

ZENIT Staff

Apoye a ZENIT

Si este artículo le ha gustado puede apoyar a ZENIT con una donación