México: Todos contra la violencia

Por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel

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SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, domingo 15 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos un artículo escrito por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título «Todos contra la violencia».

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A raíz de los miles de asesinatos por la guerra contra el narcotráfico y por la criminalidad extorsionadora hacia los migrantes, por todas partes se escucha un nuevo ¡Ya basta! ¡Ni un muerto más! Nos unimos en este reclamo.

Se acusa al gobierno federal, como si fuera el responsable de tantas muertes por su estrategia militar contra los criminales. Cierto que éste, con humildad y realismo, debe revisar su proceder; pero ¿hay que dejar las manos libres a los narcos, o pactar con ellos, para que se enseñoreen más de la vida de los ciudadanos y sean ellos los que impongan su ley? ¿Y quién protesta por los más de cincuenta mil abortos promovidos en la capital, asesinatos igual o más violentos que los otros? Quienes condenan unas muertes, aplauden otras y se enorgullecen de ellas. ¡Qué incoherentes!

La violencia y la inseguridad, el narcotráfico y los secuestros, las extorsiones y los asesinatos, la inhumanidad de los criminales y la impunidad, las fosas clandestinas, no se resuelven sólo con cambio de gobernantes, de leyes, de estrategias militares, de partidos. Hay que ir más al fondo. Es lo que los obispos intentamos hacer en nuestro documento «Que en Cristo, nuestra paz, México tenga vida digna», del 15 de febrero de 2009, que recomiendo como muy actual. 

Dijimos: «La realidad de la inseguridad y violencia es compleja y multidimensional. No podemos, sin más, atribuirla a una sola causa; hacerlo sería ingenuo y nos llevaría a pretender, también con ingenuidad, tener una única solución a una problemática tan vasta y complicada».

Señalamos tres factores que han propiciado la violencia: La crisis de legalidad: Nos hemos acostumbrado a no respetar las leyes y campea la impunidad. Se ha debilitado el tejido social: se han relajado las normas sociales; el individualismo y la apatía han introducido la ausencia de normas, que tolera que cualquier persona haga lo que le venga en gana, con la certeza de que nadie dirá nada. Vivimos una crisis de moralidad: Se han debilitado en la vida ordinaria las grandes exigencias de la moral cristiana: desde el imperativo primordial «¡No matarás!», hasta el consejo evangélico que nos llama al amor extremo de entregar la vida por los demás.

ACTUAR

¿Qué proponemos? «Perdemos el tiempo cuando buscamos culpables o esperamos pasivamente que sea sólo el gobierno quien dé solución a problemas que son de todos. Debemos actuar ya, cada quien en su propio ámbito de competencia. Las autoridades, con los recursos propios que le proporciona el Estado de Derecho para el ejercicio de su actuación; la sociedad civil, asumiendo responsablemente la tarea de una ciudadanía activa, que sea sujeto de la vida social; los creyentes, actuando en fidelidad a nuestra conciencia, en la que escuchamos la voz de Dios, que espera que respondamos al don de su amor, con nuestro compromiso en la construcción de la paz, para la vida digna del pueblo de México». 

Los cristianos tenemos la tarea de ser constructores de la paz. Debemos formar mujeres y hombres nuevos en Cristo. México será nuevo sólo si nosotros mismos nos renovamos.

Nos comprometimos a: Potenciar el papel de la familia en la construcción de la paz, pues en hogares disfuncionales se incuba la violencia. Crear y difundir pensamientos de paz, mediante círculos de reflexión a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, para repensar el actual orden social, político y económico. Prevenir la violencia y atender a las víctimas. Evangelizar a quienes purgan condenas en las cárceles. Contribuir a la convivencia y reconciliación social. Impulsar el desarrollo humano integral y desarrollar iniciativas ante el desempleo y subempleo. Promover los derechos humanos.

Llamamos a quienes practican la violencia que cambien, pues nunca será justificable la muerte ni los ataques a inocentes. Decimos a quienes se han involucrado en el crimen organizado: «Dios los llama a la conversión y su perdón está siempre dispuesto, pero deben arrepentirse». Y a quienes producen la droga y la transportan, a los que se prestan al comercio del narcomenudeo, a los que la consumen, a los sicarios y a todos los implicados en este nefasto negocio: «¡Arrepiéntanse y cambien de vida! Busquen la vida y no la muerte. Dios está siempre dispuesto a perdonarles; sólo les pide que reconozcan sus errores; que se arrepientan de ellos y no lo ofendan más agraviando a sus hijos; que reparen los daños y se retiren de esta actividad de muerte».

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ZENIT Staff

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