El mes de María

Por monseñor Rodrigo Aguilar Martínez

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TEHUACÁN, sábado 7 de mayo de 2011 (ZENIT.orgEl Observador) – Coincidiendo con el inicio del mes de mayo, llamado en muchos países el mes de María, proponemos a la lectura la reflexión que hace sobre este acontecimiento el obispo de Tehuacán y responsable de la Dimensión de Familia de la Conferencia del Episcopado Mexicano, monseñor Rodrigo Aguilar Martínez.

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EL MES DE MARÍA

 

            En la piedad popular está muy arraigado considerar mayo como el «mes de María»; sin embargo también tenemos otro mes «mariano», que es octubre, por la fiesta de la Virgen del Rosario y que da lugar a llamarle «mes del rosario».

            Por otro lado, es bueno saber que diversos ritos celebran el mes mariano en meses diferentes, por ejemplo el rito bizantino lo celebra en agosto, en torno a la fiesta de la Asunción; en cambio los coptos lo celebran en torno a la Navidad.

            ¿Qué ha llevado a definir mayo como nuestro mes mariano? Los orígenes vienen de hace siglos y de tradiciones profanas: Algunos países europeos desde hace siglos celebran fiestas florales en mayo, con la alegría de ver nuevamente la naturaleza vestida de flores, realizando fiestas propiciatorias en honor de «Flora Mater», diosa de la vegetación, y coronando a una joven como reina de la primavera o esposa de mayo. Tal vez el primero que asoció el mes de mayo con la Virgen María haya sido Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León (1221-1284), quien así lo menciona en una de sus «Cantigas». La abundancia de bienes que ofrece el mes de mayo motiva a invocar a María para recibir bendiciones materiales y espirituales. San Felipe Neri, en Roma y ya en el siglo XVI, enseñaba a los jóvenes a invocar a María en el mes de mayo, adornando con flores sus imágenes, cantándole alabanzas y realizando en su honor actos de virtud y de mortificación.

            Entre nosotros, hace algunas décadas eran muy festivas y fervorosas las celebraciones del mes de mayo a la virgen María; pero han estado muy marcadas por lo sentimental, lo cual sin ser necesariamente algo malo, es parcial, además de desvincularse del año litúrgico y, con ello, de su sentido cristológico.

            Cuando el Papa Pablo VI, en «Marialis Cultus», nos da bellas y profundas indicaciones para celebrar a la Virgen María, sin llegar a sugerir que se elimine la piedad popular en los meses «marianos» de mayo y octubre, nos invita a revalorar el espíritu mariano del Adviento. Efectivamente, la Virgen María es la que más y mejor espera el Nacimiento de Cristo Jesús y a ella nos unimos con ese espíritu en dicho tiempo litúrgico.

            Al celebrar a la Virgen María en el mes de mayo, vinculemos nuestra devoción a ella centrándonos en Cristo Jesús y con el gozo de la Pascua.

            Los Evangelios -y los evangelistas- guardan un enorme silencio acerca de la Virgen María tras la muerte de Jesucristo. No se la nombra en ninguna de las apariciones de Jesús resucitado. Sólo san Lucas la vuelve a mencionar en los Hechos de los Apóstoles, cuando dice que, tras la Ascensión de Jesús a los cielos,  sus discípulos «solían reunirse de común acuerdo para orar en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús y de los hermanos de éste.» (Hch 1, 14). Sin esta referencia de la Virgen María, habría sucedido algo muy semejante que con san José, quien desaparece silenciosamente en la vida de Jesús, tras la escena en que éste, a los doce años, se les pierde y lo encuentran a los tres días en medio de los doctores. De modo que esa referencia valiosa que san Lucas hace de la Virgen María, primeramente indica que ella seguía viva y además que era una persona importante en medio de la comunidad de los discípulos de Jesús. Esa sobria evocación de la Virgen María nos habla de que, si «avanzó… en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz» (Lumen Gentium 58), ahora aparece serenamente luminosa en medio de la comunidad cristiana, dando testimonio de Jesús como el Viviente.

            La devoción a la Virgen María en el mes de mayo nos motiva a tener en cuenta de manera íntegra el Misterio Pascual de Cristo Jesús. En efecto, celebrar la Pascua de resurrección de Cristo Jesús, no significa que él haya superado -eliminando- la experiencia dolorosa de la pasión y la crucifixión, sino que así tenía que suceder, como lo dice repetidas veces a los discípulos (cf. Lucas 24, 26. 44). Por un lado la cruz no es el final de todo, pues nos lleva a la resurrección; por otro lado, la resurrección -Jesús vivo y con las marcas de la pasión y crucifixión en el costado, las manos y los pies- ha requerido pasar por la vivencia de la cruz. De esta manera, la celebración de la Pascua es un gozo no fugaz ni explosivo, sino madurado por la cruz. De este gozo -madurado por la cruz- y unidos a la Virgen María, necesitamos para alegrarnos en medio de las tribulaciones que no faltan en la vida diaria y en el contexto de nuestro país y del mundo entero.

           

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ZENIT Staff

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