Juan Pablo II y los indígnenas

Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel

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SAN CRISTOBAL DE LAS CASAS, sábado, 7 de mayo de 2011 (ZENIT.org) – Publicamos el artículo escrito por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título «Juan Pablo II y los indigenas».

 

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VER

No faltan quienes, carcomidos por el negativismo, la envidia, el resentimiento, e incapaces de apreciar lo santo y hermoso que hay en nuestra Iglesia, se solazan en sobredimensionar posibles deficiencias, para opacar sus méritos. Es la reacción de unos pocos ante la beatificación de Juan Pablo II. Le recriminan, entre otras cosas, haber enfrentado a ciertos teólogos de la liberación, como si con esto hubiera abandonado a los pobres. ¡Qué poco lo conocen! Habrían de sopesar más a fondo sus posturas. Como dice Jesús, quien tiene los ojos sucios, todo lo ve manchado.

Resalto sólo algunas de sus muchísimas intervenciones por los indígenas, pobres entre los pobres. Un gran signo fue su empeño en que se demostrara la historicidad de Juan Diego, y luego reconocer oficialmente su santidad, o la beatitud de los Mártires de Cajonos, Oaxaca.

JUZGAR

En Oaxaca, el 29 de enero de 1979, dijo: «Mi presencia entre vosotros quiere ser un signo vivo y fehaciente de esta preocupación universal de la Iglesia. El Papa y la Iglesia están con vosotros y os aman: aman vuestras personas, vuestra cultura, vuestras tradiciones; admiran vuestro maravilloso pasado, os alientan en el presente y esperan tanto para en adelante. El Papa quiere ser vuestra voz, la voz de quien no puede hablar o de quien es silenciado, para ser conciencia de las conciencias, invitación a la acción, para recuperar el tiempo perdido, que es frecuentemente tiempo de sufrimientos prolongados y de esperanzas no satisfechas».

Y clamó con voz profética: «Responsables de los pueblos, clases poderosas que tenéis a veces improductivas las tierras que esconden al pan que a tantas familias falta: la conciencia humana, la conciencia de los pueblos, el grito del desvalido, y sobre todo la voz de Dios, la voz de la Iglesia os repite conmigo: no es justo, no es humano, no es cristiano continuar con ciertas situaciones claramente injustas. Hay que poner en práctica medidas reales, eficaces, a nivel local, nacional e internacional. Y es claro que quien más debe colaborar en ello, es quien más puede».

En Canadá, el 15 de septiembre de 1984: «No sólo el cristianismo es importante para los pueblos indígenas, sino que Cristo mismo es indígena en los miembros de su Cuerpo».

En Tuxtla Gutiérrez, el 11 de mayo de 1990: «Ante tanta injusticia, ante tanto dolor, ante tantos problemas, un hombre puede llegar a sentirse olvidado por Dios. Vosotros mismos, habréis podido experimentar tal vez parecidos sentimientos: la dureza de la vida, la escasez de medios, la falta de oportunidades para mejorar vuestra formación y la de vuestros hijos, el acoso continuo a vuestras culturas tradicionales, y tantos otros motivos que podrían invitar al desaliento. Más aún, podrían sentirse olvidados quienes han tenido que dejar sus casas, sus lugares de origen, en una afanosa búsqueda del mínimo imprescindible para seguir viviendo. No caigáis en la seducción de los vicios, como el abuso del alcohol, que tantos estragos causa; ni prestéis vuestra colaboración al narcotráfico, causa de la destrucción de tantas personas en el mundo»

A los representantes de los pueblos amerindios, en Santo Domingo, República Dominicana, el 12 de octubre de 1992: «Elemento central en las culturas indígenas es el apego y cercanía a la madre tierra. Amáis la tierra y queréis permanecer en contacto con la naturaleza. Uno mi voz a la de cuantos demandan la puesta en acto de estrategias y medios eficaces para proteger y conservar la naturaleza creada por Dios. El respeto debido al medio ambiente ha de ser siempre tutelado por encima de intereses exclusivamente económicos o de la abusiva explotación de recursos en tierras y mares. Entre los problemas que aquejan a muchas de las comunidades indígenas están los relacionados con la tenencia de la tierra».

ACTUAR

En Izamal, Yucatán, el 11 de agosto de 1993: «Conozco las dificultades de vuestra situación actual y quiero aseguraros que la Iglesia, como Madre solícita, os acompaña y apoya en vuestras legítimas aspiraciones y justas reivindicaciones. Como cristianos, no podemos permanecer indiferentes ante la situación actual de tantos hermanos privados del derecho a un trabajo honesto, de tantas familias sumidas en la miseria».

En Santo Domingo agregó: «Se trata de conseguir que los católicos indígenas se conviertan en los protagonistas de su propia promoción y evangelización. Y ello, en todos los terrenos, incluidos los diversos ministerios. ¡Qué inmenso gozo el día en que vuestras comunidades puedan estar servidas por misioneros y misioneras, por sacerdotes y obispos que hayan salido de vuestras propias familias y os guíen en la adoración a Dios en espíritu y en verdad!»

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ZENIT Staff

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