Voces en la Plaza de San Pedro

Print Friendly, PDF & Email

La grandeza de Juan Pablo II fue la santidad de su vida

Share this Entry
Print Friendly, PDF & Email

Por Rafael Navarro-Valls  

MADRID, lunes 2 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos una nueva contribución en nuestra sección Observatorio Jurídico, sobre libertad, cuestiones relacionadas con los derechos humanos y su relación con la antropología y la fe cristianas, que dirige el español Rafael Navarro – Valls, catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, y secretario general de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España, autor del libro “Entre la Casa Blanca y el Vaticano”.

El presente artículo ha sido publicado también en el diario español El Mundo, edición de hoy.

* * * * *

En un siglo, la Historia queda marcada por “acontecimientos”; en una década, son las personas y sus acciones –también las pequeñas – quienes la determinan. Si esto es así, permítanme sintetizar la historia de la  vida de Juan Pablo II –tal y como yo la veo- en una pequeña anécdota. En  una de sus visitas en  Polonia se dio cuenta de que había un pedazo de pan en el suelo; se arrodilló, lo besó y lo puso sobre el césped para que lo comieran los pájaros.  Solo una persona con los pies muy en la tierra y con la cabeza en el cielo puede captar el pequeño milagro de la vida  en medio del gran alboroto de las cosas. Hoy se diría que es el gesto de un ecologista; un teólogo precisaría que es el gesto de quien ama a Dios a través de la creación.  La clave de lo que la Iglesia llama “santidad” radica, precisamente,  en vivir de modo extraordinario las cosas ordinarias.

La misma plaza de San Pedro que  fue testigo, el 13 de  mayo de 1981, del atentado contra la vida del papa polaco por la acción de un asesino profesional,  ha sido ayer , treinta años después, el marco imponente de su beatificación. ¿Qué ha pasado entre esas dos fechas?

Muchas cosas han sucedido en los 26 años de pontificado del papa número 264 de la historia de la Iglesia.  De todos sus antecesores, ha sido el que más ha viajado (un centenar de veces a 145 países y 150 desplazamientos dentro de Italia), el que más documentos ha publicado y el que más discursos ha pronunciado (se calcula que unos  180 millones de palabras),  el primero  que ha publicado libros de memorias o de pensamiento, encaramándolos cada uno de ellos a la lista de libros más vendidos…. Sin embargo, a los efectos de lo que ayer ocurrió  en Roma,  no ha sido eso lo más importante. Muy poco después de su elección, dirigiéndose a un santuario de la Virgen con algunos de sus colaboradores,  les preguntó: «¿Qué es lo  más importante para el Papa en su vida, en su trabajo?». Le sugirieron: «¿Tal vez la unidad de los cristianos, la paz en Oriente Medio, la destrucción del  telón de acero..? » Replicó sonriendo: «Para el Papa, lo más importante es la oración».

Desde luego Juan Pablo II merece el calificativo  de “grande” por el conjunto de su pontificado. Pero su verdadera grandeza está en su santidad, no en su actividad. Acabo de leer una entrevista con Arturo Mari, el fotógrafo oficial del Papa. De entre los cientos de miles de fotografías tomadas  en viajes, con todo tipo de personalidades y con  multitudes gigantescas,  le preguntan por su favorita. Mari contesta: “la que le hice unos días antes de morir,  en su capilla privada,  el viernes santo de 2005. Estaba muy enfermo, pero quiso estar presente de algún modo en el tradicional Vía Crucis del Coliseo”. En la foto se le ve abrazado con fuerza a un gran crucifijo apoyado sobre su rostro. Toda una síntesis de su pontificado, centrado en la oración y el  sufrimiento. A su través, logró vivir en grado heroico las virtudes cristianas.

Entiéndaseme bien. No quiero decir con esto que Karol Wojtyla no tuviera defectos. Tampoco que su largo pontificado estuviera exento de errores. Los que conocen los procesos canónicos de canonización saben bien que su minuciosidad equivale a la acción de una potente lupa sobre una piel aparentemente tersa. Enseguida aparecen las pequeñas arrugas y la acción erosionadora del tiempo. Y los versados en Historia de la Iglesia, son conscientes de que se necesitan años para evaluar definitivamente los pontificados de los grandes papas. Lo que quiero decir es que, lo que se ha concluido en el proceso, ha sido que combatió tenazmente contra sus defectos, aumentó con lucha sus virtudes, y procuró enderezar hacia Dios las acciones de un  pontificado pleno de realizaciones.

Mi impresión es que pronto  comprendió con especial claridad que la Iglesia está más en sus bases que en su cúpula, y que las naciones no son tanto los políticos como sus gentes. Sus continuos viajes  por  todo el mundo tenían como  objetivo señalar que la clave está en  el hombre y la mujer corrientes. Al proclamar insistentemente que  “ los derechos del hombre son también derechos de Dios»,  hacía algo más  que una bella frase. La acompañaba con una concreta denuncia de  los escándalos del siglo XX: los genocidios y los crímenes contra la humanidad;  el apartheid, la tortura y el hambre; las agresiones contra las libertades cívicas, los derechos políticos o los derechos económico-sociales; las guerras y los ataques contra el derecho a la vida;  la autodeterminación de los pueblos o la discriminación contra las minorías.  Tal vez por eso,  animaba continuamente a luchar por «una sociedad en la que  nadie sea tan pobre que no tenga nada para dar a los demás, y nadie tan rico que no pueda recibir nada de los demás».

De Juan Pablo II se han hecho bastantes estudios acerca de su dominio de los medios. Es cierto que,  en el mundo de la imagen, fue un protagonista indiscutible, probablemente porque se encontraba a gusto cuando comunicaba. No por el narcisismo de quien sabe que “da bien” en la televisión, sino  porque disfrutaba transmitiendo la verdad. Quizás el análisis  más certero lo hizo  un periodista del New York Times en septiembre de 1987. En ese año, el papa viajó a Estados Unidos y el analista  se interrogó acerca del éxito de Juan Pablo II en los medio. El propio periodista se respondía: “El Papa domina la televisión simplemente ignorándola”.  Esta respuesta  pondría los pelos de punta a los expertos en  imagen. Pero era un buen diagnóstico. Ignoraba las cámaras, porque miraba por encima de los focos. No dependía de ellos, sino de las necesidades de sus interlocutores. El español Joaquin Navarro- Valls, su antiguo portavoz, comentaba: “mostró   a toda  una generación que el tema de Dios era inevitable. Estaba convencido de que no se puede entender al ser humano si se prescinde de Dios.  Instintivamente comprendía  que sin Dios,  el hombre solamente es  un triste animal ingenioso”.

Gorbachov lo llamó “la primera autoridad moral de la Tierra”. Esta autoridad moral la proyectó en muchas direcciones. Tal vez la más contundente fue su papel en la caída de los regímenes comunistas del Este europeo. Desde luego, la presión de Reagan con su “guerra de las galaxias” y las débiles bases económicas y políticas en que descansaba el entramado  soviético fueron decisivas para el hundimiento final. Sin embargo, cuando Juan Pablo II comenzó  a hablar del  socialismo real como “un paréntesis en la historia de Europa”,  los pueblos eslavos abandonaron su penumbra histórica para golpear la conciencia de Occidente.  Este fue el comienzo del fin. Cuando vencieron  el miedo, comenzó la oposición sistemática y los muros se agrietaron hasta caer.  De Budapest a Berlín, de Praga a Sofía y Bucarest,  la ola iniciada en Varsovia por Juan Pablo II arrojó el totalitarismo de millones de corazones.

Tal vez lo más sorprendente de Juan Pablo II haya  sido su excepcional capacidad para movilizar a los más jóvenes.  Las mayores concentraciones que se han producido en Oriente y Occidente, lo han tenido por protagonista: tres millones e
n Roma (agosto 2000), más de cuatro millones en Manila (enero 1995). ¿Razón? Su mezcla de carisma y exigencia moral.  Nunca les ocultó las exigencias de la vida cristiana. Débil y frágil, viendo ya cercana  la hora de su muerte, al tener noticia de que una multitud de jóvenes  se habían congregado en la Plaza San Pedro para acompañar al “Papa  amigo”, Juan Pablo II  susurró  sus últimas palabras: «Os he buscado. Ahora vosotros habéis venido a verme. Os  doy las gracias». Ayer volvieron de nuevo. La plaza vaticana era  una fiesta de jóvenes.

Los expertos en procesos de canonización suelen condensar  en  tres voces latinas las claves  de la santidad de una persona. Son: vox populi, fama de santidad entre gentes muy distintas; vox Ecclesiae, reconocimiento por la Iglesia de sus virtudes; vox Dei, un hecho extraordinario , sin explicación científica , realizado a través de su intercesión, es decir, un milagro. Estas tres “voces” han resonado  ayer con especial vigor en la milenaria plaza de San Pedro. El “santo subito” (¡Santo, ya !), acuñado espontáneamente la tarde del 8 de abril de 2005,  ha tenido tonalidades inéditas esta mañana romana.

Share this Entry

ZENIT Staff

Apoye a ZENIT

Si este artículo le ha gustado puede apoyar a ZENIT con una donación

@media only screen and (max-width: 600px) { .printfriendly { display: none !important; } }